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FICHA TÈCNICA

Midsommar

Midsommar

director:

Ari Aster

año:

2019

nacionalidad:

Estados Unidos

productores:

estreno en España:

26 de julio de 2019

145 minutos

Comedia horror-folk y celebración polanskiana

El realizador Ari Aster parece atrapado en un absurdo debate entre fans y detractores que poco beneficia a que fijemos la atención en su cine, que es lo que realmente importa. Lo cierto es que dejando a un lado campañas publicitarias de atinada eficacia, sus películas tienen una identidad propia y unas constantes muy identificables; en ellas perdura cierta fuerza irrefutable, como ha venido a mostrar sobradamente Midsommar, su última aproximación al género de horror en clave de comedia, esta vez sí, voluntaria. Debemos señalar que pese a cierta dispersión narrativa, su ópera prima, Hereditary (1918) tenía el mecanismo de una comedia macabra descaradamente polanskiana –el que les escribe reconoce que le produjo más de una sana carcajada–, todo y que Ari Aster prefijó su esquema en una obsesiva reescritura, a priori seria, de La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968) de Roman Polansky con elementos de El final de la escalera (The Changeling, 1980) de Peter Medak –entre otros tantos clásicos incuestionables–. El filme resultó grave, pomposo e innecesariamente mayestático; en Hereditary el manejo solemne de unos personajes febriles, caricaturescos y desmesurados produjo una sensación de extrañeza y de dudosa honestidad. Cierta obsesión por convertirlos en iconos del terror instantáneo y una orquestación del conjunto precipitada y errática dejó el filme en un territorio incierto.

Lluis Rueda | Quizá salir de las sombras y de los manuales de satanismo más manidos le ha venido bien y el sol ha beneficiado el sentido lúdico de su cine. Ari Aster nos escondía de manera inoportuna en Hereditary lo que sí podemos disfrutar en Midsommar, una comedia macabra que libera esa obsesión polanskiana para hibridarla felizmente con la comercialidad de un Eli Roth (Hostel, The Green inferno), con el gamberrismo de Kevin Smith (Red State, Tusk) o con cintas de culto como Holocausto caníbal (Cannibal Holocaust, 1980) de Ruggero Deodato; cineastas con los que, afirmo, comparte tanto como con el citado Roman Polanski o con directores clásicos incontestables del género como Jacques Tourneaur. Midsommar es graciosa y terrible como El baile de los vampiros (The Fearless Vampire Killers / Dance of the Vampires, 1967), inquietante, enfermiza y surrealista a la manera de El quimérico inquilino (Le locataire, 1976), y ese, entiendo, es el camino que beneficia al cine de Ari Aster.

Nos relata la liberación de un personaje femenino destruido, Dani (Florence Pugh), mientras nos introduce en un mundo de fantasía folk imposible, irreal y tan astracanado que es en sí mismo como una suerte de versión paranormal del inicio de Tess (1979) de Roman Polanski o una valiente vuelta de tuerca al filme que en esta ocasión prefija los puntos cardinales estéticos y comerciales de Midsommar, la desinhibida y magistral El hombre de mimbre (The Wicker Man, 1973) de Robin Hardy: piedra angular del denominado folk-horror, o terror diurno con trazos estéticos ligados con el paganismo.

Midsommar
arranca en la gravedad constante y sostenida de Hereditary para desmelenarse por completo a través de una venganza orquestada desde el estado alterado de conciencia, experiencia que comparte con el espectador sin lecciones rayanas a lo egomaníaco. Estamos ante una cinta eficaz y que construye pasajes de enorme inventiva visual, de una manera, cabe decirlo, muy honesta y precisa. El propio Ari Aster dice haberse visto muy influido por Lars Von Trier y su filme Dogville (2003), y es posible, pero aclaremos algo muy importante: Aster no gestiona demasiado bien el tempo de sus películas, que adolecen de unos nudos de espantosa ineficacia y pésima gestión del suspense. Pero eso, por suerte, suele enmendarlo con golpes de efectos muy imaginativos en sus desenlaces. Midsommar muestra idéntica carencia, pero su mirada alucinada y lisérgica ayuda a disimular esas costuras, porque bien es cierto que el filme se expone como un viaje de ácido muy apetecible y llevadero, somete al público a divertidos bodegones gore y coreografía los comportamientos disfuncionales, en esta ocasión, con graciosa mala leche. Mal ejercicio hará el crítico que analice este filme en justificar en el un choque de culturas, pues lo expuesto respecto a la religión y costumbres de la singular comunidad sueca es tan probable como la existencia de la raza Klingon. ¿Recuerdan lo que Eli Roth hizo con un país de Europa del Este en Hostel (2005)? Pues aquí tampoco hace falta justificarlo, el folk-horror es ahora tendencia, pero podría haber rodado el director de Hereditary el mismo filme en una romería, la India o en un “aplec de cargols”.

Su protagonista enajenada es el mecanismo del filme y a su dolor debemos la bajada a los infiernos. Esa religión con su escritura e idioma ininteligible o la relevancia de los dibujos de un adolescente deficiente, así como las peleas por las tesis antropológicas que protagonizan los chicos protagonistas del filme, son detritus argumentales, que lejos de tener peso o importar algo funcionan como absurdos elementos desestabilizadores que dan un respiro al público que ríe mientras la tragedia se gesta. Las mujeres de esa comunidad abstracta, impoluta y floral, son la extensión de los fantasmas de Dani, bailan con ella, gritan con ella de dolor y de placer. Alguien me comentó que Ari Aster en este filme retrataba a la perfección un ataque de ansiedad y sus nefastas derivas, y no es difícil interpretar tal cosa.

Pero Aster es listo y si encuentra el tono, si se deja de ínfulas y rastrea bien la manera de explicar su historia, cose ideas visuales con un talento natural interesante; como esa secuencia de nuestra protagonista en la cama al inicio del filme que nos muestra un cuadro, She kissed the bear on the nose, de Jonh Bauer. En ese cuadro está todo el filme, todo el viaje y la conclusión, y sin embargo el realizador nos induce a buscar señales en el campo de batalla de pócimas y rituales suecos, en su religión antiquísima, sus dioses y runas, cuando todo ello es tan vacío e inestable como el relato de Paimon en Hereditary. En resumen, Midsommar es apetecible, divertida, hipnótica y atrevida sin tener que aparentar una sofisticación innecesaria. Mención especial para la música del filme, otro protagonista más.


Artículo publicado el 30 de julio de 2019

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