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FICHA TÈCNICA

Érase una vez en… Hollywood

Once upon a time in Hollywood

director:

Quentin Tarantino

año:

2019

nacionalidad:

Estados Unidos

productores:

estreno en España:

14 de agosto de 2019

165 minutos

Historias de L. A.

Siempre he creído que el cine de Quentin Tarantino pese a sus altibajos, pero también aciertos, ha ido conformando sin prisas una carrera coherente y muy reveladora, nueve filmes tocados por la magia de lo clásico y que llevan por bandera la normalización de la serie B como un sustrato popular del que aprender y disfrutar; especialmente en tiempos en que la industria cinematográfica norteamericana se revela preocupantemente autocomplaciente, carente de riesgo y adocenada en fórmulas de conservadora “eficacia”.

Lluís Rueda | Con Érase una vez en... Hollywood, título que alude a Sergio Leone y al eurowestern en su más excelsa versión, Tarantino ata cabos estéticos y traza un sensacional ejercicio de ficción en el que fagocitar sus últimos filmes, Malditos bastardos (Inglourious Basterds, 2009), ese juguetón y violento thriller bélico que homenajeaba a Enzo G. Castellari, Django desencadenado (Django Unchained, 2012), más reformulación de clásicos transalpinos en clave wéstern y con Sergio Corbucci como referente o la última y poderosa Los odiosos ocho (The Hateful Eight, 2015), wéstern íntimo y sucio que tanto puede mirarse en el cine de Sam Peckinpah como en el del citado Corbucci; cinta con algún exceso perdonable pero que gana a cada visionado gracias a sus hechuras de cluedo pesadillesco. Para la ocasión, la materia sobre la que especular es el propio cine como mecanismo de fantasía y su alcance e influencia en un Hollywood en transición, un canto de amor a la ciudad de Los Ángeles que se encarna, a modo de perdurable metáfora, en la figura de la actriz Sharon Tate (Margot Robbie), el epicentro del filme y la figura que da sentido a este mosaico coral. Un filme de sólido recorrido desde el primer minuto en el que brillan con luz propia Rick Dalton (Leonardo Di Caprio) y su duro doble, Cliff Booth (Brad Pitt), un tándem de perdedores que sobreviven en la industria del cine como dos cowboys con reglas e ideales propios.

Es también la de Tarantino una historia de amistad entre dos hombres que en ciertas secuencias incendian la pantalla a la manera de un tándem Paul Newman/Robert Redford. Di Caprio extraordinario y tan camaleónico como en El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013) y Pitt sólido como un “jinete pálido” cuya sombra nos remite al mismísimo Clint Eastwood. Cine dentro del cine, o lo que venimos a convenir como metaficción, con el sello Tarantino es como asistir a la versión comprimida de todos los géneros posibles, la dilatación de las convenciones para crear un discurso en los márgenes, ambicioso, pero tal vez más honesto y calculado de lo que aparenta. El humor negro de Pulp Fiction (1994) o los estallidos de viloléncia de Kill Bill: Volume 1 (2003) y Kill Bill: Volume 2 (2004) se dan la mano en Érase una vez en... Hollywood de un modo nada forzado, con una naturalidad de epatante eficacia y es que el encaje de los giros argumentales y los retratos de personajes se suceden como fogonazos de genialidad. En este contexto de la ficción, de la anticipación a la realidad y capacidad para crear distopías reconfortantes con los mecanismos propios de lo cinematográfico, el filme se me antoja impecable. No es este, en ese sentido, una propuesta muy alejada de Nickelodeon (1976) de Peter Bogdanovich e incluso de la reciente Under the Silver Lake (2018) del joven David Robert Mitchell, cintas que reformulan el pasado y el presente del micro-universo de la California de los sueños, un territorio donde todo es posible y nada es desdeñable. La diosa Sharon Tate es la luz de esa ciudad de sombras, un lugar impreciso que alberga en un rancho de las afueras a un monstruo (Charles Manson), que conspira para erradicar la inocencia de varias generaciones. Y debemos recordarlo, en especial L. A. es, como ninguna, la ciudad de la edad de oro del Cine Negro de bajo presupuesto, del blanco y negro radical y los villanos cuasi expresionistas marcados a fuego en nuestra memoria. Pero estamos la década de 1960, Tarantino tiene mucho que contarnos y en su empeño, con su cine obstinado y maldito a sabiendas, se propone hacer un filme capital, su Cautivos del mal, su Barton Fink... y podríamos citar tantos otros clásicos en los que la industria del espectáculo es el eje en el que se suspenden pequeñas tragedias convertidas en historias inolvidables e irrepetibles.

En el arranque el filme se nos presenta el personaje de Marvin Shwarz (Al Pacino) que en cierto modo es ese productor de mal agüero que ya nos adelanta la muerte del cine clásico, es revelador y ya no tanto por la descomunal interpretación de Pacino en tan pocos minutos, sino porque en cierto modo nos determina que el filme va de muerte y resurrección y que Rick Dalton se enfrenta a un demonio crepuscular tras unas gafas de pasta y unos modales impecables; eso debió ser ese Hollywood oculto en el que lo único fiable es la sonrisa de Dean Martin en una comedia de enredos. Quentin Tarantino insufla capas y capas a su película de tal modo que uno, como espectador, acaba por sentirse intimidado; pero este filme, que acumula fuerza y talento hasta llevarnos en volandas hacia un final poderoso y épico, es esencialmente un acto de amor. Un acto de amor que se acuerda del cine exploit italiano y de realizadores imprescindibles, como los citados al principio del artículo, del cine de artes marciales y un Bruce Lee (Mike Moh) que se da unos guantazos gloriosos con Cliff Booth o de genios indiscutibles de esa década, como atestigua la mera presencia del realizador Roman Polanski (Rafal Zawiercha). Por cierto, también tiene sus minutos un taciturno Steve McQueen (Damian Lewis), en cierta escena de singular patetismo.

Si bien algunos afirmarán que la película resulta larga, endogámica, imprecisa, histérica o de un cool irritante, debemos asumir que todo ello es posiblemente cierto, sin embargo, en esta ocasión también funciona a la perfección toda la chulería que destila el cine de Tarantino, funciona porque gestiona sus desniveles con un montaje extraordinario, una banda sonora (selección de temas) que aquí encaja sin estridencias y una dirección actoral perfecta.

En resumen, Érase una vez en... Hollywood es una fiesta y un regalo, una obra hipnótica y reveladora. Un filme confeccionado con retales de impacto que se disfraza de modernidad y aspira a todo. Nadie puede acusar a Quentin Tarantino de no saber lo que se hace.


Artículo publicado el 13 de agosto de 2019

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