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críticas

FICHA TÈCNICA

Parásitos

Gisaengchung

director:

Bong Joon-ho

año:

2019

nacionalidad:

Corea Del Sur

productores:

estreno en España:

25 de octubre de 2019

132 minutos

Arquitectura de la desigualdad

Empieza el filme de Bong Joon-ho con el plano de una ventana en un semisótano. Cristales sucios, ropa tendida y, al otro lado, una calle sin asfaltar de una barriada de Corea del Sur. Un lugar húmedo pero también el marco en el que se mueven nuestros protagonistas: una familia pobre y sin trabajo, rodeada de vecinos tan pobres como ellos. A grandes rasgos, el filme de Bong Joon-ho se centra en explicarnos cómo esta familia se esfuerza en romper este encuadre inicial, el marco de esta ventana sucia que define su estatus, sus esperanzas de futuro y su clase social.

Marta Torres | Para ponernos en contexto, el director coreano ya había tratado el tema de la familia, aunque en términos mucho más positivos, en The host, en el que esta se enfrentaba a un monstruo surgido de las aguas contaminadas de una industria, por otra parte, la estratificación por clases sociales era la base medular de Snowpiercer, aunque aquí en clave distópica y, por fuerza, más esquemática. Parásitos toca todos estos temas pero desde una perspectiva más cercana a otra de las grandes películas del director: Memories of Murder, es decir, con humor negro (negrísimo) y desesperanza.

Comentábamos que la familia protagonista quiere romper su encuadre inicial, el lugar que le ha tocado ocupar en el mundo. ¿Cómo lo hace? básicamente a través de un buen plan y una mesurada puesta en escena con set pieces cuidadosamente coreografiadas. Como los parásitos del título, poco a poco, los protagonistas van introduciéndose en la vida y el hogar de una familia de clase alta (rica, ignorante y feliz), a base de guiones bien orquestados y una relación muy abierta con la verdad que explota las filias y los miedos de la familia a la cual quieren engañar, básicamente prejuicios sexuales, narcisismo, devoción por todo lo estadounidense y, sobre todo, asco a ser contaminados. Ambas familias son antagónicas y simétricas, y sus respectivas casas (un semisótano y un chalé de lujo) actúan de escenario de esta singular representación de picaresca, lucha de clases e incluso cuento de fantasmas que aprovecha la estructura del edificio, vertical y conectada con escaleras, como metáfora de la desigualdad. Al respecto de esto último hay que señalar que uno de los aciertos de la película, y su crítica más devastadora, es constatar cómo los individuos que ocupan el escalafón social más bajo son, en el mejor de los casos, una molestia, y en el peor, simplemente invisibles para las clases más altas que los aceptan a su alrededor como parásitos siempre y cuando no molesten mucho y no “huelan” mal.

El filme funciona a muchos niveles: como comedia, como representación dramática de la caída de una familia e incluso como versión en thriller del subgénero de “invasores del hogar”, en el que el hogar significa diferentes cosas: un símbolo de estatus, un refugio y una prisión. La casa, con su estructura que va del segundo piso al sótano, vendría a ser el escenario donde la familia protagonista que, recordemos vive en un semisótano (en el límite de la pobreza absoluta pero aún con algo de luz), dirime su futuro entre salir a la luz o perderse en la oscuridad.


Artículo publicado el 19 de octubre de 2019

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