boto

críticas

FICHA TÈCNICA

Zombi Child

Zombi Child

director:

Bertrand Bonello

año:

2019

nacionalidad:

Francia

productores:

Arte France Cinéma, Les Films du Bal, My New Pictures

estreno en España:

14 de agosto de 2020

103 minutos

Barón Samedi y las sombras del colonialismo

Lluís Rueda | Se califica a Bertrand Bonello (Francia, 1968) como uno de los directores más eclécticos y personales del panorama actual. Yo añadiría más, si echamos un vistazo a su extraordinaria filmografía es fácil evaluar que Bonello es una voz arrolladora, un director con una técnica brillante y el único autor europeo del momento capaz de triturar los géneros para conformar un legado cinematográfico de un alcance inédito en las últimas décadas. Lo mejor de todo es que su progreso parece no tener fin y lo más emocionante es que su último filme, Zombie Child, no solo parece la cima de su carrera, si no que además se trata de uno de los filmes más estimulantes y sólidos del actual cine fantástico y de terror. Repasemos algunas joyas de la carrera de Bonello: en 2011 dirige Casa de tolerancia, un retrato crítico y elegante de un burdel de principios del siglo XX en París, un filme que ya apuntaba una de sus credenciales personales: sentido crítico y fijación poética. En 2016 apareció Nocturama, contundente retrato del hartazgo de la sociedad francesa a través de sus jóvenes, un filme vibrante que se sirve como una ópera posmoderna cargada de nihilismo, violencia y... terrorismo. Con Saint Laurent (2014), demostró su equilibrio como autor de corte comercial confiando en Gaspard Ulliel para protagonizar el biopic sobre el diseñador Yves Saint-Laurent, el resultado es un filme más rico de lo que aparenta y, sobre todo, de una factura encomiable. Cito algunas de sus incontestables, pero sumamente interesantes y equilibradas propuestas: Tiresia (2003), un segundo filme que ahonda en las dificultades y la fragilidad de un transexual brasileño en París; De la Guerre (2008), en la que un cineasta tras un accidente pasa una noche en un ataúd y sale de este con la idea de encontrar un nuevo mundo llamado «El Reino»; o su primer filme Quelque chose d’organique (1998), una miscelánea sobre el amor como abandono y desidia que ya apuntaba su peculiar tono inconformista en el que el cine es un no-lugar en el que puede ocurrir todo y nada. Y es que Bonello es un nihilista tímido, o diría un optimista trágico, que plantea en sus obras de ficción extraordinarias odiseas emocionales con personajes al límite, la deriva o en plena descomposición.

Y tras este resumen sobre quién es Bertrand Bonello pasamos a comentar Zombi Child, la que entiendo será la obra que lo conectará de manera irremediable con el público del fantástico. La buena noticia es que esta película llega al circuito comercial y la mala es que lo hace en las postrimerías eternas de la pandemia de la covid19 y eso, en cierto modo, no deja de ser casi un argumento muy Bonello. La celebración en el ocaso de la incertidumbre. Pero recibamos con la mejor sonrisa este filme que se pudo ver en el Festival de Cannes y el de Sitges - Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya 2019, concretamente en su magnífica e interesante sección Noves Visions.

El filme nos sitúa en Haití, en el año 1962. Un hombre regresa de entre los muertos para ser enviado al infierno de los campos de caña de azúcar, en su tránsito a parte alguna toma un alimento prohibido y por error recupera algo de su conciencia perdida, su odisea por Haití en busca de su prometida concentra una de las historias de amor más tristes y desgarradoras de los últimos tiempos. En París, 55 años después, en el prestigioso internado de la Legión de Honor, una chica haitiana, Melissa, revela un antiguo secreto familiar (que la conecta con la historia del caminante de 1962) a sus nuevas amigas, sin imaginar que esta extraña historia hará que una compañera de clase de condición enamoradiza, Fanny, intente averiguar que hay de real en esa historia de zombis y como puede beneficiarse de ella, un estigma que en su joven amiga de origen haitiano parece aflorar como una conexión con un mas allá, con un pasado en el que Barón Samedi y la frontera entre la muerte y la vida parece desdibujarse. Lo primero que debemos calibrar es cuanto del filme de Bonello, claramente una puesta al día de los filmes de zombis haitianos, puede conectarlo con algunos clásicos de la materia (evidentemente debemos borrar de nuestra imaginería toda filmografía de zombis inspirada en La noche de los muertes vivientes o Zombie 2 de George A. Romero y derivados, sea en televisión, cómic, literatura, etc). En términos de origen estamos en otro territorio. En 1937 la folclorista estadounidense Zora Neale Hurston conoció en Haití el caso de Felicia Félix-Mentor, fallecida y enterrada en 1907. Sin embargo, muchos lugareños aseguraban haberla visto viva treinta años después convertida en zombi. Hurston se interesó por rumores que afirmaban que los zombis existían realmente, aunque no eran muertos vivientes sino personas sometidas a drogas psicoactivas que les privaban de voluntad. En 1982, el antropólogo y etnobotánico canadiense Wade Davis viajó a Haití para estudiar lo que pudiera haber de verdad en la leyenda de los zombis. Sus conclusiones llegaron en forma de dos libros: The Serpent and the Rainbow (1985) y Passage of Darkness: The Ethnobiology of the Haitian Zombie (1988). Pese a diferentes aproximaciones como las de Paul-Alexis Blessebois, que con El Zombi del Gran Perú (1697) instauró una idea aproximada del zombi en tono paródico, no fue hasta los años veinte del siglo XX, en que el norteamericano William Seabrook concretó el concepto zombi en La isla mágica (1929). La historia, desarrollada en un Haití de culto vudú y repleta de esclavos resucitados, fue tachada en su momento de sensacionalista y exagerada, pero se convirtió en una de las primeras grandes referencias occidentales de los zombis. Ese acercamiento al rito de resucitar a los muertos en Haití, con su bokor, sus cánticos, sus elementos químicos y la idea aterradora del Barón Samedi, ha estado presente en filmes como La serpiente y el arcoiris (1985. Wes Craven), adaptando la obra citada anteriormente de Wade Davis, pero sus orígenes cinematográficos se dan en el magnífico clásico de la Universal La legión de los hombres sin alma (White zombie, Victor Halperin. 1932). Sin embargo el filme que mejor ha sabido acercarse, de entre todos, por su composición de excitante valor documental, por su poética y por sus trágicos personajes es sin duda la obra maestra de Jacques Tourneur, Yo anduve con un zombie (1943), a mi entender ese es el filme, de categórica belleza, desde el que Bertand Bonello trata de construir una mágica e imaginativa puesta al día del mito, la leyenda y la realidad de un pasado que aflora como una eterna flor marchita.

Hay quien ha querido ver en la propuesta del director de Nocturama un alegato a la apropiación cultural, sinceramente creo que se trata más bien de cierto ajuste de cuentas con el pasado oscuro de la Francia colonial a través de un legado familiar oculto y las derivaciones telúricas, esotéricas que se derivan, y lo más importante, a través de la mirada de unas jóvenes en plena efervescencia sexual y hormonal. Es por ello que en algunos de los magníficos pasajes del internado, Bonello se acerque a ese mundo femenino y adolescente de un modo que recuerda, y mucho, al Brian De Palma de Carrie (1976), poderoso filme sobre una adolescente inadaptada y maldita. Véase la hipnótica secuencia coral de los vestuarios de las duchas, casi un ejercicio de vouyerismo entre brumas.
Zombie Child es una compleja película que transita entre el pasado fantasmagórico y el presente colocando el tiro de cámara en la timidez del desasosiego y buscando en todo momento excepcionales fugas oníricas en las que los elementos mágicos toman forma y sirven de hilo conductor. Tal es así, que en las apariciones del escalofriante Barón Samedi, terroríficas, parecemos entrever al propio director orquestando ese milagro, transitando una “orografía” del más allá que de puro oscura, aterra.
Como poco, e incluso entrando o no en su juego de espejos, nadie puede poner en duda que los pasajes del filme que se centran en la odisea del zombi en el Haití del 1962 son desgarradoras y de enorme impacto. Véase esa secuencia en que el semivivo camina confuso durante una jornada por unas ruinas, intentando reconocer el sol del atardecer y los elementos, y como apunta Bonello con eficacia que ese hombre atesora recuerdos y una historia de amor en ese lugar. Una ejemplar utilización de un escenario en ruinas, metáfora al fin y al cabo anímica, pero también política y social. Enclave el de las ruinas, por cierto, que vuelve a aparecer en una enorme fotografía en el apartamento de una moderna hechicera en el París del presente; suerte de bokor femenina que trata de adentrarse en las tinieblas del ritual vudú a cambio de una buena suma de dinero ofrecida por Fanny, la joven que sufre por amor y quiere revertir su situación.

Es Zombi Child una digna sucesora de Yo anduve con un zombie, una propuesta fresca, preciosa y precisa en su discurso. Además hará las delicias del fan de esta temática en su enfoque más antropológico, el más interesante y oscuro, el del zombi como hombre esclavizado y desposeído de su identidad por motivos de estatus o vendettas de clan. Una película imprescindible.


Artículo publicado el 12 de agosto de 2020

Más críticas