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FICHA TÈCNICA

Verano del 85

Été 85

director:

François Ozon

año:

2020

nacionalidad:

Francia

productores:

Mandarin Cinéma, Scope Pictures

estreno en España:

9 de octubre de 2020

100 minutos

El verano en que perdimos la inocencia

Lluís Rueda | Tras la espléndida Gracias a Dios (Grâce à Dieu, 2018) François Ozon regresa a la gran pantalla adaptando la novela Dance on my Grave, de Aidan Chambers. Verano del 85 es en apariencia un filme sencillo aunque colmado de esos pequeños detalles luminosos que pueden levantar una propuesta en apariencia tópica o no demasiado original. Pero la sutil mirada del realizador francés impera en este fresco sencillo y trazado con mirada pausada. Y en cierto modo esa es la mejor manera de retratar los claroscuros del primer amor y los lances de un pasado turbulento, en este caso, bajo la luz tamizada de un verano en la costa de Normandía. La apuesta es a priori tarea fácil para un director que domina las relaciones intempestivas y traslada con maestría los sinsabores de las relaciones y las emociones (ahí está la espléndida Frantz, 2016) pero también es cierto que en los proyectos más desnudos y desposeídos de épica, es cuando la dificultad del discurso reclama más maestría y oficio. Verano del 85 es hermosa y sincera, especialmente en su arranque, y sostiene a lo largo de su metraje un pulso maravilloso a la hora de dibujar con precisón de la pubertad y sus laberintos: el descubrimiento carnal y, en este caso, la erótica del cuerpo masculino. Un encuentro entre dos jóvenes y el consecuente el flechazo tras un cómico naufragio, son el detonante de una película que expone mediante un flash back la luminosa relación entre Alexis y David y, en paralelo, nos susurra la tragedia a la que se abocan desde la perspectiva de la pérdida y la madurez.

Alexis (Félix Lefebvre), de 16 años, aparece en la primera secuencia del filme custodiado por gendarmes y acto seguido frente a una educadora que le suplica que le explique lo ocurrido. El joven narra los acontecimientos a través de la escritura y en su relato aparece el futuro cadáver, David Gorman (un bello Benjamin Voisin que resulta todo un descubrimiento), de 18 años y de ahí a la evocación de una época pasada, del verano en que todo cambió, y que Ozon nos muestra en su esplendor mientras suena In Between Days de la banda británica The Cure. Por cierto, la imagen de Robert Smith está presente como un fantasma icónico durante todo el filme, algo que sus fans agradecemos. El filme propone y suma secuencias que perduran, como esos paseos de los protagonistas en moto, sus incursiones en el mar en el velero Calypso o esa recopilación de miradas inflamadas mientras los protagonistas curan sus heridas tras una pelea en un parque de atracciones. Solo esa secuencia delicada y desnuda ya justifica todo un filme.

Otro de esos momentos mágicos y que procuran que el recuerdo de los días felices se transformen en manos de Ozon en una ensoñación que va más allá de lo físico, se da en la secuencia de la discoteca; en ella David y Alexis bailan desenfrenados hasta que el primero hace un aparte y aísla al joven enamorado colocándole unos walkman con la canción Sailing de Rod Steward, el tema silencia el repertorio de la discoteca y nos hace participes de ese regalo. Un momento cinematográfico muy bello.

Pero más allá de todos esos grandes aciertos... ¿es Verano del 85 una película indiscutible? Segurante no. Por desgracia su pulso decae sin remedio en un desenlace algo deslavazado en el que el realizador no sabe gestionar su propensión a comedia negra, las más de las veces hilvanada con torpeza y poco sentido de la oportunidad. Tras el salto de eje en que sucede un accidente fatal, y sobretodo con un protagonismo excesivo del poco trascendente personaje de la joven británica Kate (Philippine Velge), Ozon pierde el tono y las riendas convirtiendo un filme que lo tenía todo para perdurar en una experiencia interesante, en un precioso ejercicio de nostalgia, pero que no alcanza el hálito de clásico instantáneo, acaso a la manera de la citada Frantz, su mejor película hasta la fecha. La torticera escena de la morgue es, seguramente, una losa demasiado pesada y molesta en el conjunto, y ligarla con la obsesión del personaje de Alexis por la muerte y los ritos funerarios no acaba por resultar ni estética ni argumentalmente convincente.

Pero seamos positivos, hay mucho cine en la apuesta y destellos que van a emocionar en tanto uno muestre disposición para dejarse llevar por la nostalgia o por las circunstancias, ya que los más jóvenes pueden verse totalmente identificados en lo expuesto. En resumen, un Ozon bien marinado que no sacia del todo, pero cosquillea en el paladar. Quedémonos con ese momento Sailing en la pista de baile, es íntimo... pero también un regalo que el joven y trágico David nos hace para que nos imaginemos un poquito eternos.


Artículo publicado el 9 de octubre de 2020

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