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especial

publicado el 10 de noviembre de 2004

Licantropías

Como complemento al especial sobre Drácula que realizamos el pasado mes de julio, el equipo de Judex ha preparado un reportaje sobre la no menos mítica figura del licántropo en el cine. En este nuevo número analizaremos brevemente cuatro filmes del todo heterodoxos pero que han sabido extraer del mito del hombre lobo todas sus múltiples y feroces posibilidades expresivas.

Juan Carlos Matilla Y Luis Rueda | La zoantropía (superstición que engloba a la licantropía y al resto de metamorfosis sobrenaturales de hombre a bestia) es una de las leyendas más antiguas de la Humanidad y su lúgubre presencia recorre prácticamente todos los pueblos del mundo (desde el mito griego de Licaón a la leyenda de los hombres tigre de Indonesia). Esta turbia tradición recoge toda la irracionalidad y el salvajismo que esconde la esencia del ser humano y, debido a su naturaleza ancestral, es una de las figuras más comunes de las leyendas antropológicas. A pesar de esto, su traslación al cine y a la literatura no ha gozado de una presencia tan evidente. Aunque son muchos los autores que han escrito sobre el hombre lobo (Alexandre Dumas, Robert Louis Stevenson, Angela Carter o Stephen King), ninguna de su novelas o relatos puede considerase una obra de referencia que prestigie literariamente al mito como lo pueda ser un Drácula, de Bram Stoker, respecto al vampiro, o un Frankenstein, de Mary Shelley, respecto a los seres artificiales. En cuanto al cine, quizás el filme más sobresaliente sobre zoantropía sea La mujer pantera (Cat People, 1942), de Jacques Tourneur, pero, por razones obvias, queda al margen del género de licántropos (a pesar de que está a años luz del resto de filmes sobre werewolves).

A pesar de nuestra (confesada) inclinación por el cine de horror clásico (filiación que queda clara en cualquier sección del fanzine), esta vez nuestra selección ha querido obviar de manera consciente los clásicos del género licantrópico anteriores a 1980. Las razones han sido varias aunque las principales hayan sido dos: la primera, de carácter objetivo, ha sido la necesidad de constreñir el criterio a las producciones que hayan tratado el mito desde perspectivas inauditas y poco convencionales (y ésas pertenecen a los filmes contemporáneos); y la segunda, totalmente subjetiva, se debe a que este fanzine es de la opinión que, antes de la década de 1980, son pocos los filmes sobre hombres lobos verdaderamente estimables. Sólo la magistral La maldición del hombre lobo (The Curse of Werewolf, 1961) de Terence Fisher, puede ser considerada una obra maestra absoluta ya que el resto de producciones sobre licántropos (desde los envejecidos filmes de la Universal pasando por las anecdóticas apariciones de la Amicus o los miméticos títulos de Paul Naschy) no son más que esforzados intentos de dar vida cinematográfica a un mito que, a diferencia de otros monstruos clásicos como el vampiro, la criatura de Frankenstein o el doctor Jekyll, no ha salido demasiado bien parado en su camino hacia la gran pantalla.

Así, la selección final de este especial engloba un total de cuatro títulos no demasiado alejados en el tiempo: Aullidos (The Howling, 1981), de Joe Dante, el filme que sentó cátedra respecto al desarrollo posterior del subgénero; Lobos humanos (Wolfen, 1981), de Michael Wadleigh, una obra sorprendente que supo combinar a la perfección el relato de suspense urbano con las leyendas antropológicas ancestrales; En compañía de lobos (The Company of Wolves, 1984), de Neil Jordan, un filme de culto con alma de clásico que cultivó el mito desde un enfoque poético y sensual; y, por último, Ginger Snaps (2000), de John Fawcett, una asombrosa película de terror canadiense que sabe jugar de forma inteligente y rica con los lugares comunes del mito para subvertirlos uno a uno. Como breve epílogo al reportaje, al final del texto podrán encontrar además una breve bibliografía sobre los licántropos y su relación con el cine.

Esperamos que lo disfruten.

Aullidos (The Howling, 1981). Director: Joe Dante
La bella y las bestias

El cine de licántropos vivió un auténtico punto de inflexión en 1981, año de producción de los dos filmes que relanzaron el mito y, de paso, establecieron las pautas de la evolución posterior del género: Aullidos , de Joe Dante, y Un hombre lobo americano en Londres (An American Werewolf in London), de John Landis. Desde antagónicos tipos de producción (el primero, de presupuesto más modesto y el segundo, toda una superproducción en toda regla), ambos filmes inauguraron una nueva edad de oro del género que vendría marcada por los guiños postmodernos, los homenajes irónicos, los ambientes adolescentes, el énfasis sexual, la explicitación gore y los revolucionarios efectos de maquillaje (que, de la mano de Rick Baker y Rob Bottin, llegaron a una de sus cimas creativas de todos los tiempos). Olvidado (en parte) el lado romántico y exótico de los filmes pasados (los títulos clásicos de Georges Waggner o Terence Fisher), esta nueva era licantrópica se abría con dos taquillazos soberbios que generaron secuelas y numerosas imitaciones.

De los dos títulos, el más interesante es, sin duda, Aullidos, una obra menos lastrada por el lado cómico y convencional que el filme de Landis, y mucho más inspirada a nivel formal y (casi) conceptual. Además, de los dos filmes, es el que apuesta de una forma más ingeniosa por un factor que con el tiempo se revelaría fundamental en el género de horror: el elemento posmoderno de la narración (rasgo que también posee el filme de Landis aunque sin la sutilidad de Aullidos). Este nuevo factor de la narrativa cinematográfica, ya presente en el cine estadounidense desde la década de 1970, apunta a la necesidad que experimenta el cine moderno de reelaborar las formas y motivos originarios de otros filmes del pasado, de manera que el concepto de originalidad quede supeditado al enfoque de cada autor, más allá de la naturaleza del material o fuente que se utilice. El postmodernismo implicó un cine que se mira a sí mismo y unos cineastas que comenzaron a rendir sentidos tributos a los filmes que amararon en su juventud. Así, en Aullidos, Dante y sus guionistas establecieron un simpático juego cinéfilo para homenajear a los viejos filmes de hombres lobo en el que combinaron guiños (los nombres de los licántropos del filme son, entre otros, Georges Waggner, Fred Francis, Erle Kenton, o Terry Fisher todos ellos directores de filmes clásicos del género), cameos (apariciones estelares de John Carradine, Roger Corman o Forrest J. Ackerman), y reelaboraciones de algunos de los lugares comunes del género (los acechos nocturnos del monstruo, los aullidos en la noche, la imagen de la luna llena, la recuperación de la forma humana tras la muerte de la bestia) con otros novedosos (el tema de la comunidad licantrópica que vive aislada del mundo para así garantizar su supervivencia, el tono nostálgico y melancólico que adopta el mito y el uso de un desbordante sentido del humor).

Otro de los grandes aciertos de Aullidos radica en su tono sórdido y sucio. Al igual que otras inolvidables obras de ese mismo período, dirigidas por cineastas dotados de un sexto sentido a la hora de mostrar los bajos fondos urbanos como William Friedkin (Desbocado, A la caza), William Lustig (Maniac), Lucio Fulci (El destripador de Nueva York) o Brian De Palma (Impacto, Vestida para matar), Joe Dante retrata en el inicio del filme una Nueva York decadente, llena de luces mortecinas, espacios cochambrosos y suciedad mental y ambiental. El sexo (en su vertiente más animal y lujuriosa) aparece por doquier en todos los escenarios: kioscos, peep-shows, sex-shops o cines porno. Es en ese ambiente tan extremo en el que Dante introduce a la protagonista de su película, Karen (memorable Dee Wallace Stone), una presentadora de televisión acosada por un maníaco sexual (a la postre, un licántropo con exceso de celo). De hecho, es en ese turbio clima donde se encuentra la mejor secuencia de toda la película: la que muestra el acoso del maníaco dentro de una cabina de proyección de películas porno. La inquietud que provoca el uso del fuera de campo, el efecto desasosegante del haz luminoso del proyector, la sordidez del filme proyectado y la aterradora voz del monstruo (mientras Dante mantiene un memorable primer plano de Karen, completamente aterrorizada) convierte la secuencia en uno de los segmentos más expresivos y violentos del cine de horror de la década de 1980.

Lobos humanos (Wolfen, 1981). Director: Michael Wadleigh
Cuando el depredador es el hombre

Como apuntábamos en la introducción, existen historias y tradiciones que se remontan más allá de la Edad Media y nos hablan de hombres disfrazados con piel de animales que entraban en un extraño proceso de alienación transitoria que les convertía en auténticos depredadores. Tal es el caso del loup-garou de la Bretaña francesa (sobre el que hay extensa documentación) o el de las pretéritas leyendas escandinavas que nos describen profusamente la existencia de hombres-bestia conocidos popularmente como los berseker. La mayoría de estas historias, absolutamente fascinantes, están poco presentes en el imaginario del espectador contemporáneo del cine de terror. De hecho, la mayor parte de filmes sobre hombres lobos han abarcado la licantropía centrándose en el efectismo iconográfico que el propio mito cinematográfico ha generado al margen de residuales connotaciones científico-antropológicas.

El mismo año de Aullidos y Un hombre lodo americano en Londres, el estadounidense Michael Wadleigh [1] dirigió Lobos humanos (Wolfen, 1981), un filme que, basándose en los motivos tradicionales del género, se aproximaba al mito del hombre lobo con una encomiable mirada crítica que huía de tópicos y pueriles efectismos para centrarse en la esencia de la leyenda.

Adaptación de la novela Wolfen de Whitley Striber, el filme de Wadleigh tiene como punto de partida el brutal asesinato de un magnate de los negocios, su esposa y su guardaespaldas en un parque de la ciudad de Nueva York. La presencia del detective encargado del caso, Dewey Wilson (Albert Finney), contribuirá a que la investigación derive inicialmente hacia al terreno empírico (la búsqueda de un asesino), agotando todas las líneas de investigación racionales hasta que el elemento sobrenatural (la idea del hombre lobo está presente desde la primera secuencia) centre todo el discurso del filme y se convierta en una amenaza para el propio protagonista.

Wadleigh enfoca gran parte del nudo argumental del filme hacia la falsa pista que supone la inquietante presencia de un indio con antecedentes antisistema, Eddie Holt (Edward James Olmos). El nativo, que trabaja haciendo reparaciones en el Golden Gate (una de las ideas más bellas del filme es la de esos indios en los puentes, oteando la ciudad como si coronaran las montañas Rocosas), pronto se convierte en el principal sospechoso. El director de Woodstock juega con las expectativas mostrando a Eddie Holt "transformándose" por la noche en un loco que corre desnudo y aúlla a la luna. Pero este recurso que aligera la trama y juega al despiste es muy inteligentemente aprovechado por el realizador para confeccionar un nada desdeñable retrato del hombre lobo desde el punto de vista antropológico que antes comentábamos. El juego de máscaras argumental por tanto se transforma en un original fresco (inédito cinematográficamente hablando) que especula sin complejos acerca de leyendas y folklore.

Pero, sin duda, el principal valedor de esta aproximación licantrópica es el personaje encarnado por Albert Finney, un ex alcohólico rehabilitado que vive en plena desidia existencial y sobre cuyo misterioso pasado manejamos pocos datos. Pronto quedará patente una lucha interior, casi un iniciático descenso a los infiernos, que hará enfrentarse al protagonista con el auténtico animal que lleva dentro: el detective es un depredador, está en su naturaleza y los lobos comparten su misma mirada hambrienta de sangre.

El filme, magníficamente fotografiado por Gerry Fisher, es insólitamente elegante y sombrío, no escatima en truculentas imágenes de cadáveres y es propenso a cierto humor de morgue. Lobos humanos funciona a la perfección como filme de terror, la soberbia primera secuencia del asesinato en el viejo molino holandés, o el estupendo clímax en la vieja iglesia dan fe de ello. Pero también ofrece lecturas a otros niveles: y aquí habría que citar ,entre otros, el implacable retrato de la crisis de los cincuenta que se hace del protagonista, o el interesante paralelismo entre el hombre moderno ávido de poder y la idea del lobo convertido en un animal carroñero que ataca a enfermos y moribundos. Si algo hay de forzado en el planteamiento de Lobos humanos quizás sea su excesiva carga de crítica social: el enfrentamiento entre civilización y naturaleza en ocasiones empobrece el look sórdido del relato, pero, repetimos, la originalidad a la hora de aproximarse al mito del licántropo hace de ella una película imprescindible.

En compañía de lobos (The Company of Wolves, 1984). Director: Neil Jordan
Lolita y el lobo feroz

Si en Lobos humanos insistíamos en el componente licantrópico inherente en el hombre, en el filme del británico Neil Jordan, En compañía de lobos (The Company of Wolves, 1984), el elemento animal se nos presenta como una metáfora de lo prohibido. El despertar sexual de una malcarada adolescente, más cercana a la Lolita de Navokov que a la Caperucita Roja del cuento de Perrault, centra la primera parte del filme: el sueño húmedo de la joven contrasta con la secuencia onírica de un lobo atravesando una ventana (la intención fálica de la imagen es evidente). Jordan parte del pretexto del sueño adolescente para configurar una vuelta de tuerca de los cuentos tradicionales sobre hombres lobos y ahondar en el trauma del despertar a la sexualidad (fertilidad) de la mujer. Rosaleen (Sarah Peterson), escucha los siniestros relatos de su abuela (Angela Lansbury) desde la atalaya quebradiza de su síndrome de Peter Pan, pero arrastrada por el peligro y la libido de la bestia, acaba erigiéndose en objeto de seducción del animal al que tanto teme.

En compañía de lobos acaba funcionando como un filme caleidoscópico sobre el que se ensamblan diversas historias y en el que el ocaso del mundo infantil de Rosaleen ejerce de hilo conductor. El trabajo de Jordan para reflejar el lado siniestro de la imaginería del cuento para niños es ejemplar, los decorados del bosque otoñal regados por la luz del crepúsculo parecen realmente inspirados en la tradición sofocante y claustrofóbica de los míticos trabajos para televisivos de la BBC (Frankenstein, Dentro del laberinto, etc..).

Adaptación de algunos de los cuentos que Angela Carter incluyó en su obra La cámara sangrienta, el filme es un valiente poema visual, tétrico a rabiar, que no duda en reinventar el mundo infantil dándole cierto hálito de angustia existencial. La imaginería del filme está poblada de truculentos ositos de peluche, profusas manadas de lobos y bastantes dosis de sadismo.

El color rojo siempre está presente como elemento de peligro (el rojo de la muerte y de la vida), tanto en la capucha de Rosaleen, como en las manzanas del cesto o en los ojos infernales de los lobos que la acompañan en su asueto otoñal magistralmente coreografiado por Jordan. Pero además la heterodoxa propuesta del director de Entrevista con el vampiro, se enriquece de relatos inspirados en casos reales de loup-garou y transita por una época histórica remota en la que los humanos vagan por los bosques convertidos en lobos durante años para luego regresar al hogar o en la que los nobles de algunas villas se transforman dentro de sus lujosos vestidos de seda en alimañas nocturnas.

En compañía de lobos es hoy día una obra de culto, cuyo poder visual y frescura narrativa ha influenciado decisivamente la imaginería de directores como Tim Burton (el caso de Sleepy Hollow es el más paradigmático), Alfonso Cuarón, Michael Cohn o Olivier Dahan, e incluso ha instaurado un estética determinante en el mundo del video clip y de la publicidad. Un ejemplo de esta última faceta es el anuncio televisivo de Chanel nº 5, un preciosista e indisimulado híbrido de la particular sensibilidad visual de Burton y la iconografía evocadora de Jordan.

Muy posiblemente, junto a Lobos humanos, En compañía de lobos sea el filme más determinante de cuantos se han acercado a la figura del licántropo en las últimas décadas. Y no es de extrañar que ambas películas, cada una a su manera, hayan buscado su inspiración en las raíces históricas o folklóricas de la leyenda. Lo que las hace diferentes (yo diría que superiores) a otros trabajos posteriores es precisamente el discurso rupturista y la nada acomodaticia búsqueda del origen mitológico del hombre-bestia. En compañía de lobos es un compendio de leyendas licantrópicas, a cual más enfermiza, que juega con las expectativas del fairy tale de nuestra niñez; la transformación del cuento infantil en perversión adulta no deja de ser una transmutación licantrópica, y la insania del resultado es visualmente arrebatadora.

Ginger Snaps (2000). Director: John Fawcett
Criaturas infernales

Tras las brillantes obras sobre licántropos que se realizaron a principios de la década de 1980 (de Aullidos a En compañía de lobos), la evolución posterior de este mito en el cine no ha vuelto a ofrecer obras memorables ni tratamientos originales. Desde entonces se han sucedido las horribles secuelas de Aullidos (donde prácticamente todo es deleznable); algunos filmes curiosos como Luna maldita (Bad Moon, 1996), de Eric Red, o Miedo azul (Silver Bullet, 1985), de Daniel Attias (esta última, una adaptación de Stephen King que no goza del prestigio que debiera); o absurdas comedietas para adolescentes como Un hombre lobo americano en París (An American Werewolf in Paris, 1997), de Anthony Waller, o Teen wolf (1985), de Rod Daniel (típico producto del cine comercial estadounidense de la década de 1980, sin duda, la peor y más casposa época de las majors hollywoodienses, sólo recomendada para amantes extremos de lo trash). También se han llevado a cabo fallidos intentos de remodelación del mito como Lobo (Wolf, 1995), de Mike Nichols, o El pacto de los lobos (Le pacte des loups, 2001), de Christophe Gans (el primero en clave urbana y el segundo en clave histórica); aburridos y ultra sobados filmes de acción imposible como Dog Soldiers (2002), de Neil Marshall, Underworld (2003), de Len Wiseman, o Van Helsing (2004), de Stephen Sommers y, por último, algunas breves pero intensas apariciones en obras importantes pero no de género de licántropos como Big Fish (2003), de Tim Burton o Harry Potter y el prisionero de Azkabán (2004), de Alfonso Cuarón.

En nuestra opinión, la única propuesta fresca y rica en matices originales de los últimos años ha sido Ginger Snaps (2000), un modesto filme de horror canadiense, dirigido por John Fawcett [2], que pasó desapercibido en nuestro país (a pesar de ser galardonado en la Semana de Cine de Terror de Málaga) y que, tras un paso fugaz por la cartelera, tuvo una segunda vida comercial (más exitosa) en formato doméstico. Rodado con un estilo nervioso e íntimo a partes iguales (que recuerda a las obras de juventud de Peter Jackson), Ginger Snaps narra la historia de dos hermanas, Ginger y Brigitte, que, al igual que la heroínas de Criaturas Celestiales (Heavenly Creatures, 1994), del citado Jackson, mantienen una especial y retorcida relación que les ayuda a soportar las humillaciones de sus compañeros de instituto. Una noche, Ginger es herida por un extraño animal y poco a poco su cuerpo irá mostrando evidentes señales de su conversión en licántropo. Brigitte hará todo lo posible para sanar a su hermana y de paso "esconder" los crímenes que irá cometiendo.

La principales novedades que aporta Ginger Snaps al subgénero de hombres lobos radican en su original concepción de la transformación de hombre a lobo y en su subversiva visión del mito, que en el filme es mostrado no como un símbolo de liberación y desinhibición, sino como un signo socializador negativo. En el filme, la mutación de Ginger en licántropo se produce sin la presencia de los usuales lugares comunes del género: aparición de la luna llena, transformación súbita e inesperada (secuencia siempre acompañada por el consabido y espectacular tour de force de los expertos en maquillaje) y la posterior recuperación de la forma humana con el habitual lapsus de memoria del licántropo. Dejando al margen todos estos elementos, la transformación de Ginger se aproxima a la visión de la enfermedad de los filmes de David Cronenberg (de hecho, el filme se puede leer como una versión de La mosca en clave werewolf).

La licantropía es mostrada como una patología infecciosa y como tal puede ser contagiada sexualmente y provocar desagradables síntomas fisiológicos (aparición de nuevas extremidades y ponzoñosas marcas en la piel; presencia de pelo en las cicatrices además de sangre en la orina y en las cuencas de los ojos), así hasta completar la transformación en lobo. De hecho, una de las bazas del filme consiste en observar la progresiva aceptación de Ginger respecto a la horrible mutación de su cuerpo: del miedo inicial pasas a una más que encantada aprobación.

En cuanto al particular enfoque de la figura del hombre lobo, hay que decir que, en un primer momento, parece que la película recupera la visión sexual y adolescente de obras como En compañía de lobos, Un hombre lobo americano en Londres o incluso (y perdón por volver a citarla) Teen wolf, ya que la infección licantrópica de Ginger se inicia con su primera menstruación, y su posterior metamorfosis irá acompañada por un incremento del deseo sexual y el prestigio individual respecto a sus compañeros de instituto, señales aparentes de un auténtico triunfo social. Pues bien, nada más lejos de la realidad. En verdad, Ginger, al socializarse, pierde la íntima conexión que mantenía con su hermana (con la que establecía un núcleo muy freak y sórdido sí, pero también dueño de una encomiable lucidez respecto a los males de la sociedad), y acaba convirtiéndose en lo que antes más le repugnaba: un elemento más de una comunidad siempre predispuesta a construir clones despersonalizados. Así, la liberación inherente al mito del licántropo aquí se convierte en un símbolo de lo convencional, de la madurez vista como paso previo a la muerte (un tema que sobrevuela todo el metraje del filme ya desde los brillantes títulos de crédito, en los que somos testigos de una macabra performance sobre el suicido). De apariencia amable y dirigida a audiencias adolescentes, Ginger Snaps se acaba revelando como una turbia y sorprendente, aunque imperfecta, pieza de horror que se sitúa entre lo más destacado que ha dado el reciente genero de licántropos.

Bibliografía recomendada

Baring-Gould, Sabine: El libro de los hombres lobo, Valdemar, 2004.
Díaz Maroto, Carlos: Los hombres lobo en el cine, Editorial Jaguar, 2004.
Fernández Valentí, Tomás: El hombre lobo. El cine de la luna llena, Dirigido por, n.º 291, junio de 2000.
Petoia, Erberto: Vampiros y hombres lobo. Orígenes y leyendas desde la antigüedad hasta nuestros días, Círculo de Lectores-Galaxia Gutemberg, 1995.
V.V.A.A: Los hombres lobo, Ediciones Siruela, 1993 (recopilación de relatos de licántropos introducidos de Juan Antonio Molina Foix).
http://www.werewolfpage.com/ (interesante página web que recoge mitos, filmografías, cuidadas ilustraciones y galerías de imágenes fílmicas).

  • [1] Como director Michael Wadleigh realizó únicamente dos películas: Woodstock (1970) y Lobos humanos. Su filmografía como director de fotografía se completa con ¿Quién llama a mi puerta? (Who´s That Knocking at My Door, 1968), de Martin Scorsese y El diario de David Holzman (David Holzman´s Diary, 1968), de Jim McBride.

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  • [2] Nacido en Edmonton en 1968, John Fawcett es un joven cineasta con una larga experiencia en el ámbito de la televisión, en célebres series como Xena, Taken o Nikita. Amigo y colaborador de Vincenzo Natali (quien participó en la elaboración del guión y story board de Ginger Snaps), Fawcett debutó en el largometraje con el drama juvenil The Boys Club (1997), filme que tuvo cierta repercusión en festivales internacionales y fue muy premiado en su país. En la actualidad tiene pendiente de estreno su nueva película, The Dark (2004), filme de horror que adapta una novela de Simon Magín.

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