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film malade

publicado el 1 de febrero de 2013

Exotismo, sangre y artes marciales

La productora británica Hammer Films marcó un punto de inflexión en el cine de vampiros con la trilogía magistral de Terence Fisher conformada por Dracula (Horror of Dracula, 1958), Las Novias de Drácula (The Brides Of Dracula, 1960) y Dracula, príncipe de las tinieblas (Dracula, Prince of Darkness, 1966); las más brillantes aportaciones británicas a la historia del cine upírico en color, acaso junto a la espléndida La sangre del vampiro (Blood of the Vampire, 1958, Henry Cass) . Estas películas, paradigmas de la edad de oro interna de la productora, son el punto de partida de una serie de secuelas y variaciones vampíricas que se prolongaron durante tres décadas con más o menos elementos estéticos/artísticos irrenunciables y la itinerante presencia de los dos actores fetiche del género: Peter Cushing y Cristopher Lee.

Luis Rueda | Pero el ciclo vampírico de la Hammer, en la década de 1970, buscó nuevos registros y puso en marcha una reformulación que cierta conciencia colectiva del mundo de la crítica ha tildado de decadente y prescindible. Lo cierto es que la temática, revisitada hasta la saciedad, no tuvo una hoja de ruta nítida como la trazada por Terence Fisher con su saga dedicada al Doctor Frankestein y acabó por dar, en la mayoría de casos, palos de ciego. Pero, quizá por ese proceso de desnaturalización de los arquetipos y la búsqueda de nuevos caminos surgieron algunas cintas excesivamente rompedoras y mal comprendidas, como Drácula 73 (Dracula 72, Alan Gibson 1972); o la interesante El circo de los vampiros (Vampire Circus, Robert Young. 1972 , y ya en 1970 bajo la dirección de Roy Ward Baker Las cicatrices de Dracula (Scars of Dracula) y La amante del vampiro (The Vampire Lovers), o incluso algún filme redondo y a reivindicar como la desprejuiciada, crepuscular, deliciosa y pulp Capitán Kronos: cazador de vampiros (Captain Kronos, vampire hunter, Brian Clemens, 1973) (obra a reivindicar sin prejuicios). Conste que me limito a enumerar algunas por las que yo siento cierta atracción estética al margen de un juicio de valor puramente cinematográfico. En un punto de equilibrio inexacto en este proceso de 'marchitación' del ciclo vampírico de la productora Hammer Films y, por extensión, en lo global de su producción fantaterrorífica, quizá la apuesta más osada e irreverente de toda esa década sea Kun fu contra los 7 vampiros de oro (The Legend of the 7 Golden Vampires, 1974) de Roy Ward Baker.

El filme es producto de la fusión de dos productoras de intereses y temáticas ajenas como la Hammer Films británica y la Shaw Brothers de Hong Kong. La Hammer, con James Carreras y su política de austeridad al frente, valoró la idea de fusionar artes marciales y terror clásico, en parte, a causa del éxito de series como kung Fú (Kung fu, 1972 - 1975) y por la popularidad de las películas de Bruce Lee, ya convertido en fenómeno cinematográfico mundial. La productora recuperó un viejo y exótico guión titulado 'Kali, Devil- Bride of Dracula' y trabajó en una mueva versión substituyendo el exotismo de la India por el de China. A resultas, se contrató al excelente realizador Roy Ward Baker, un artesano capaz de enmendar el filme más 'afásico' y convertirlo en algo digno, con ritmo y un buen acabado estético. Ward Baker comenzó su carrera como ayudante de Alfred Hithccock y Carol Reed; antes de recalar en la Hammer firmó títulos descatacados como La noche del Titánic (A Night to Remenber, 1958). Además de las citadas al inicio del artículo en el seno de la productora británica, Roy Ward Baker realizó películas tan determinantes para el género como ¿Qué sucedió entonces (Quatermmass on thee Pit, 1968), El Dr Jelyll y su hermana Hyde (Dr. Jekyll & sister Hyde, 1971), La bóveda de los Horrores (The Vault of Horror, 1973) o la muy sugerente Ahora empiezan los gritos (And Now He Screaming Stars, 1973) una película por la que siento especial debilidad.

Esencialmente el guión definitivo de Don Houghton [1] para Kung Fú contra los 7 vampiros de oro nos sitúa en Chumna, donde el guardián del secreto de los siete vampiros de oro viaja hasta Transilvania con la intención de pedir ayuda al mismísimo conde Drácula. Este, deseoso de salir de su morada adapta la apariencia del guardián y viaja hasta oriente. Recordemos que, una década más tarde, el hombre lobo Waldemar Daninsky (Paul Naschy) en su estimable filme La béstia y la espada mágica (1983) también viajaba a oriente para protagonizar una exótica aventura de terror y samurais. Seguramente una premisa inspirada en el filme de Roy Ward Baker. Años después, en una universidad de China, el profesor Van Helsing (Peter Cusing en su último papel para la Hammer) pronuncia una conferencia en la que defiende la existencia de los vampiros y llama la atención de un joven estudiante, Hsi Ching. Ching procede de Ping Kwei, aldea que es periódicamente asolada por una secta de vampiros. Él, sus hermanos expertos en artes marciales, el hijo del propio Van Helsing, Lyland (Robin Stewart) y la acaudalada condesa europea Vanessa Begin (Julie Ege) organizan una expedición para aniquilar a los vampiros y así romper la maldición. Vemos que la mecánica del relato es simple y diáfana, con la idea del grupo enfrentado al peligro, pero sin la profundidad psicológica ni los ribetes de tensión interna que podríamos hallar en un western al uso de, por ejemplo, Howad Hawks. Bien es cierto que podríamos definir el filme de Roy Ward Baker como un western fantaterrorífico disfrazado de película de aventuras exóticas, pero también podríamos decir que en casi ninguna de dichas parcelas genéricas alcanza el aprobado. Sin embargo, el conjunto, irregular, desde luego, es harto estimulante en gran medida por los detalles de inspiración de Roy Ward Baker y por el magnetismo de la figura de Peter Cushing, un actor que hace digno lo trivial. Si obviamos algún zoom in inapropiado, la puesta en escena del filme es extraordinariamente sólida y el trabajo de fotografía de John Wicox y Roy Ford muy sugerente, en especial en las escenas nocturnas. En el filme hay detalles excepcionales como la muerte del primer vampiro, las escenas en que los jinetes upiros se manejan por las calles como si se tratase de una horda de cabelleros templarios propia de una cinta de Armando de Osorio o los planos detalle de los muertos saliendo de sus tumbas. En general, la sensación que impera durante este producto exploitation es que los mecanismos fantaterroríficos funcionan de maravilla y las escenas de artes marciales, coordinadas por el director Chang Cheh (no acreditado), no son todo lo brillantes que deberían ser; pero, como poco, resultan hiperbólicos latigazos que se ajustan como un guante a algunas escenas de transición muy insustanciales; quizá con alguna chispa de diálogo brillante, casi siempre relacionadas con un seductor doctor Van Helsing que ve los romances incipientes entre el grupo de la expedición desde una perspectiva algo desencantada y crepuscular.

El filme propone escenas poderosas, como la muerte de la aristócrata Vanessa, ensartada en una empalizada a manos de su moribundo enamorado David Chiang y planos de un subido tono torture que nos remiten a la saga Fu Manchú. Véase la sala de sacrificios donde un grupo de jóvenes desnudas son sangradas en una pila ritual para alimentar a los vampiros. Durante los prolegómenos de la producción se intentó contar con la presencia de Christopher Lee para el papel de Drácula y, de hecho, el prólogo y el final del filme, donde aparece el conde transilvano, se escribieron pensando en él. Finalmente, y ante la negativa, se apostó por John Forbes-Robertson, con el que Baker ya había trabajado en Las amantes del vampiro. Lo cierto es que la química en esa escena final entre cazador y monstruo es tan escasa que se despacha por la vía rápida y, desde luego, no aguanta comparativa con el mítico tour de force de la obra maestra de Terence Fisher, Drácula. Cabe decir que para entonces Peter Cushing era un joven de enorme flexibilidad y, más allá de su aspecto frágil, todo un atleta.

Otro aspecto que resulta paradójico en este filme tan vilipendiado es su enorme influencia en futuros productos de naturaleza bastarda como el pseudo-western oriental Golpe en la pequeña China (Big Trouble in Little China, 1986) de Jonh Carpenter. Podríamos decir que la cinta del director de La niebla es casi una versión definitiva de aquello que el filme de Baker no pudo ser. Pero la mixtura entre acción, artes marciales, aventura, vampirismo y comedia ha sido a lo largo de la reciente historia del cine una apuesta más común de lo que parece, desde los productos comerciales cómo Blade (Id. Stephen Norrington, 1998), Underworld (Id. Len Wiseman, 2003) o la prescindible Van Helsing (Id. Stephen Sommers,2004) a series llenas de frescura como Buffy, la cazavampiros (Buffy: the Vampire Slayer, 1997-2003) beben directamente de su mestizaje agridulce.

Kung Fu contra los 7 vampiros de oro es un filme que prevalece como un producto entrañable y, pese a sus carencias, proyecta una irreverencia pulp reconfortante. La cinta está asistida por una maestría en la dirección que ni los populares títulos El regreso de Fu Manchú (The Face of Fu Manchu, 1965) de Don Sharp o La venganza de Fu manchú (The Vengeance of Fu Manchu, 1967) de Jeremy Summers, (títulos que forman parte de nuestro catálogo emocional exótico, criminal y aventurero) poseen. Lástima que el guión no trabajase más sus personajes y que la aportación del prolífico realizador chino afincado en Hong Kong, Chang Cheh, quedara tan deslavazada en el conjunto. Por cierto, no debemos pasar de puntillas por su figura. Se trata de un realizador determinante para entender el cine de acción de Hong Kong y su impacto mundial. Clásicos como The New One-Armed Swordsman (Xin du bi dao, 1971), Duel of Fists (Quan Ji, 1971)) o The Anonymous Heroes (Wu ming ying xiong, 1971) tienen su sello personal. Lo cierto es que los problemas de comunicación para aunar ambos talentos (y los criterios de ambas productoras) no acabó de funcionar y el nombre de Roy Ward Baker, en este caso, ha perdurado sobre el de Chang Chen. Por último, señalar que el filme, que arranca como un suspiro y con un ritmo envidiable, sufre una bajada de tensión hacia su segungda mitad bastante preocupante. Al respecto cabe decir que la música del siempre excelente James Bernard, maquilla esos pasajes y acentúa las pulsiones del espectador allí donde baja el interés.

  • [1]. Don Houghton (2 Febrero, 1930 - 2 Julio, 1991) guionista británico de cine y televisión. Más allá de la colaboración con Hammer filmes en un puñado de títulos es recordado como guionista de mítica saga Dr. Who y otra series menores como Inferno (1970) y The Mind of Evil (1971). Curiosamente se casó con Pik-Sen Lim, actriz china afincada en el Reino Unido.

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    Título original: The Legend of the Seven Golden Vampires. Directores: Roy Ward Baker [y Chang Cheh, no acreditado] / Productores: Don Houghton para Hammer Films y Vee King Shaw para Shaw Bros / Guión: Don Houghton / Fotografía: John Wilcox, Roy Ford / Música: James Bernard / Montaje: Chian Hsing-Lung y Chris Barnes / Efectos especiales: Les Bowie / Intérpretes: Peter Cushing (Dr. Van Helsing), David Chiang (Hsi Tien-an / Hsi Ching), Julie Ege (Vanessa Buren), Robin Stewart (Leyland Van Helsing), Shi Szu (Hsi Mei-chiao), John Forbes Robertson (Conde Drácula), Robert Hanna (consúl británico), James Ma (Hsi Ta), Liu Chia-Yung (Hsi Kwei), Chen Tien-Loong (Hsi San), Shen Chan (Kah), Fong Lah Ann (Hsiu Sung), Wong Han Chan (Leung Hon), David de Keyser (voz de Drácula)... / Nacionalidad y año: Gran Bretaña / Hong Kong 1974 / Duración y datos técnicos: 87 min.


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