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midnight movie

publicado el 1 de febrero de 2005

Una bella coreografía del mal gusto

La influencia del manga y la televisión en la nueva generación de cineastas japoneses resulta indispensable para entender recursos creativos tan característicos como los marcados silencios, los personajes exageradamente estereotipados y el gran contraste que supone la ausencia de acción en oposición a la hiperrealista violencia de algunas secuencias. Directores de nueva hornada como Hideo Nakata, Kiyoshi Kurosawa o Takashi Miike comienzan a ser reconocidos fuera de sus fronteras y, en este paso a la comercialidad, el público occidental intuye una frescura más allá de cierta atracción por el exotismo. Esta nueva manera de entender el cine de género fantástico sacia la sed de nuevas historias y, lo que no es poco, establece una manera ciertamente original de contarlas.

Lluís Rueda | Izo Hasimoto no pertenece a la elite de los novísimos de la cinematografía japonesa: entre sus escasas aportaciones al género podríamos citar su participación como guionista en Akira (Akira, 1988), de Katsuhiro Otomo y en Evil Dead trap 2 como director. La saga Evil Dead trap, escrita por Takashi Ishii, tiene como realizador de la primera y la tercera parte a Toshisharo Ikeda, por tanto estamos ante la ópera prima de I. Hasimoto y si nada lo remedia, hasta la fecha, su único filme. Es difícil saber si este fugaz director continúa vinculado a la industria en alguna faceta, como la de guionista, pues no tenemos información sobre su persona: al menos a este lado del globo terráqueo. Evil Dead trap 2 fue distribuida directamente en vídeo en nuestro país por Manga films.

Tras su discutible título para la distribución española, La venganza sangrienta de Aki, y un cartel promocional poco menos que espantoso, se esconde un filme que pese a la aparatosidad circense de su desenlace y un guión irregular plantea una propuesta visual altamente estimulante y para nada convencional. Estamos ante un filme que mezcla con desvergüenza géneros tradicionales como el obake-mono (1), con otros como el splatter norteamericano o el giallo consiguiendo unos resultados sorprendentes, y por qué no decirlo, de apariencia muy autóctona.

Ciertamente la etiqueta de filme de culto del gore japonés no hace justicia a una cinta cuyas intenciones, sobre todo en la primera hora de metraje, navegan con bastante acierto por la imaginería de los mejores gialli de Darío Argento. Hasimoto hace de Tokio un laberinto decadente y nocturno, muy cercano en espíritu al Turín de Rojo oscuro (Profundo Rosso, 1975), se ayuda con acierto de los neones y de la lluvia para crear hipnóticos escenarios que funcionan como viñetas a las que incorporar la acción. Secuencias como el plano estático de la asesina persiguiendo a su víctima, dos sombras arrastrándose bajo la lluvia, sobre el fondo blanco de un neón nos transportan directamente a la esencia del cine primigenio, con grandes contrastes de luz y el dominio estático de un decorado casi expresionista.

Ciertamente la etiqueta de filme de culto del gore japonés no hace justicia a una cinta cuyas intenciones, sobre todo en la primera hora de metraje, navegan con bastante acierto por la imaginería de los mejores gialli de Darío Argento.

Pero no nos llevemos a engaños, la mirada de Hasimoto pasa por un reciclaje dinámico, vitaminado, quizás gracias a los iconos referenciales que a partir de los años cincuenta nos llegaron desde medios tan infravalorados como la televisión y el cómic (en su faceta oriental, es decir el anime y el manga) y/ o también del riesgo independiente de creadores de la talla de David Lynch y/ o de artesanos como Tobe Hoper, Wes Craven, Joe Dante, etc.

Pero dejando a un lado estas influencias claras hemos de analizar, y localizar, ese algo más, esa característica hipnótica de la nueva filmografía japonesa que rezuma tradición y la vez modernidad. ¿Qué hace tan atractiva la poética violenta de filmes como Evil Dead trap 2? Es posible que la respuesta sea su desvergüenza, tanto argumental como escénica, cierta valentía kamikaze que la hace irresistible. No sé si la obra de Hasimoto se ajusta con exactitud a un canon que nos permita despejar ciertos interrogantes, pero no me negarán que su condición depredadora la hace vastamente representativa, precisamente por lo que tiene de propuesta marginal e, incluso, estéticamente alienada.

Hablamos de un filme intencionadamente rudo, imprevisible, que intenta transmitir la psicopatía de su protagonista femenina creando falsas realidades: juegos de espejos que si bien desestabilizan la coherencia del texto, a cambio refuerzan el aspecto visual y crean un clima de pesadilla muy notable.

Aki es una chica taciturna, poco sociable que trabaja como proyeccionista en una sala de cine. Por las noches al salir del trabajo se dedica a asaltar prostitutas y asesinarlas a cara descubierta. Aki actúa en espacios abiertos, como aparcamientos públicos y calles transitadas, se mueve de un modo torpe, poco sospechoso, y en cambio es altamente letal armada con unas gruesas tijeras para cortar celuloide. La causa de su psicopatía podría estar en un trauma de adolescencia: Aki sufrió un aborto siendo casi una niña; ahora ese terror reprimido le induce, en forma de niño fantasma que se presenta para atormentarla, a mutilar órganos sexuales femeninos.

Su naturaleza asesina no es el eje principal de la historia, sus actos de redención sangrienta funcionan más como un aspecto de su compleja personalidad y dejan entrever datos esenciales para entender su tortuosa relación con el entorno social, más concretamente con los hombres: seres a los que teme e idealiza a partes iguales. Tenemos a una brutal asesina con la que nos identificamos, a la que entendemos y por la que sentimos como espectadores un gran cariño: eso ya es todo un mérito en una película de horror.

La mejor amiga de Aki, Emi, se nos presenta como un ser francamente detestable (cabe reseñar que esto contrasta con la inocencia y fragilidad de la protagonista), se trata de una chica sin escrúpulos, con facilidad para atraer a los hombres.

Emi trabaja como reportera de televisión, cubriendo los extraños asesinatos de prostitutas que asedian Tokio. Extrañamente Hasimoto siempre enseña las cartas. En un filme convencional nunca se nos mostraría al asesino, habría una investigación policial, una serie de sospechosos, etc, pero en este delirio argumental (conviene aceptarlo así desde un principio) el nudo nunca se desarrolla de un modo lineal, como espectador se nos invita a entrar en un laberinto que bien podría conducirnos por la mente del asesino y no llevarnos a parte alguna. Valiente como pocos, Hasimoto, nos propone una reflexión sobre la inmediatez del mal, sobre su latencia constante: es fácil matar, tanto que parece inevitable no hacerlo; un buen ejemplo de ello lo vemos en el personaje de Emi, en como descubre la parte oscura que aguarda en su interior, un extraño morbo hacia los cadáveres que aparecen mutilados a la luz del día; estos cambios interiores (diría que se trata de una nueva atracción hacia lo prohibido), enturbian su carácter e incluso modifican su conducta sexual.

Evil Dead trap 2 nos muestra el acto prohibido del asesinato como algo delicado y bello, incluso atrayente (es cierto, la moral del planteamiento es peligrosa), pero estos actos siempre derivan hacia una situación caótica, insana.

En esa relación de amistad con Aki, un tira y afloja constante, también se darán cambios significativos: la relación se verá gravemente dañada a causa de la aparición de un enigmático hombre casado, Kurahashi; este se incorpora a sus vidas como objeto de deseo e irremisible desencadenante de los más profundos odios.

Tanta energía negativa (o si se quiere pura mala baba) queda inteligentemente plasmada mediante las fantasmales apariciones de un niño-feto en las escenas del crimen. Este inquietante fantasma, aparece con más insistencia cada vez que la relación de las amigas empeora, y de paso, nos sitúan en la antesala perfecta para explorar el miedo y la insania que puede provocar la sexualidad reprimida de Aki: el trauma se muestra bajo la apariencia simbólica de un niño no nato, una naturaleza muerta que obliga a castigar la fertilidad.

Evil Dead trap 2 nos muestra el acto prohibido del asesinato como algo delicado y bello, incluso atrayente (es cierto, la moral del planteamiento es peligrosa), pero estos actos siempre derivan hacia una situación caótica, insana, donde el gore y el caos se hermanan dando lugar a capítulos que provocan repulsión en el espectador. Es esa fina capa que separa lo bello de lo abyecto la que envuelve toda la cinta; por un lado tenemos imágenes altamente sugestivas, como salpicaduras de sangre creando enigmáticos dibujos sobre sábanas blancas y por otro lado lugares tan inquietantes como una vieja fundición abandonada, húmeda y oscura: y estos planos se nos revelan como una perfecta caligrafía o un paisaje extrañamente bello; guste o no, no cabe la menor duda de que éstas pueden resultar imágenes de una decadente belleza. Es quizá aquí donde el director más se inspira en esas texturas básicas, de colores saturados, muy contrastados, que Darío Argento reflejara tan bien en filmes como Suspiria (1977) y quizás también Inferno (1979) donde el cineasta romano manejó mejor elementos como el agua y el fuego.

Pero, además de esos sugerentes planos, también encontraremos en Evil Dead trap 2 brazos desmembrados, cuchilladas gratuitas, surrealistas partos y toda una batería de despropósitos visuales que extrañamente pasean ante nuestros ojos con cierta armonía, es decir, estamos frente a una bella coreografía del mal gusto.

En lo que se refiere a la composición estética del filme es de rigor apuntar, y muy a su favor, un acierto francamente incuestionable: el encuentro entre dos escuelas tan dispares como el cine italiano de los setenta de los Fulci o Argento con su irreverencia y carnalidad tan mediterránea, y ese cine de terror tradicional japonés por el que pululan, niños fantasmas, madres sangrientas y tiernos mutantes (el caso de sagas como Godzilla). Ese mestizaje funciona a las mil maravillas en la cabeza de Hasimoto y uno se pregunta que hubiera sido de este filme con un guión menos artificioso, y quizás, de espíritu más independiente.

No es extraño que la cinta tuviera un mercado tan marginal en el año 1991, en cierto modo es pionera en muchas ideas que ahora se nos revelan frescas en la órbita del nuevo cine japonés de terror; de hecho, Evil Dead trap 2 podría hoy perfectamente pasar por uno de los nuevos filmes extreme del mismísimo Takashi Miike.

Estamos ante una película poco menos que amoral y gamberra, en la que cada secuencia está impregnada de un plus de anarquía que a nadie dejará indiferente. Debo advertir a aquellos amantes de las propuestas más desinhibidamente bizarras que hallarán sin duda escenas muy de su gusto, sobre todo en el desenlace del filme, pero cuidado, es muy fácil extraviarse en su laberinto argumental.

La propuesta acumulativa, barroca y operística, puede despistar casi tanto como un filme-circo de cinco pistas de Federico Fellini (permítaseme la comparativa: salvando evidentemente las distancias).

Dicho todo esto cabe señalar que este filme tiene de mucho de precursor en lo que a su contenido autoparódico se refiere y por tanto funciona como un perfecto exorcismo para esa eterna endogamia japonesa que tanto veneraba los géneros más o menos puros de las décadas doradas de la industria de los cincuenta.

En fin, les invito a adentrarse en el magma de este auténtico filme malade confiando en que no se dejen intimidar por su aparente hilaridad, mírenlo como a un niño feo, con ternura, y sobre todo no intenten identificarse con ninguno de sus protagonistas.

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  • 1) Tradicionales filmes de fantasmas de los años cincuenta que veían la luz el día de Obon, una suerte de Halloween japonés. Se trata de un genero tan popular como el kaiju-eiga (cine de monstruos).

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