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publicado el 12 de enero de 2010

Vanessa Whitlock vuelve de la tumba

Entre finales de la década de 1950 y principios de 1970 el cine de horror británico vivió un irrepetible momento de gloria que alumbró algunas de las indiscutibles obras maestras de la historia del género. El paso del tiempo, en menor medida la arbitrariedad de la historiografía (y las incongruencias de la distribución), ha relegado a un olvido del todo injusto a algunas producciones modestas entre las que Witchcraft –junto con The city of the dead (John Llewellyn Moxey, 1960) o Night of the Eagle (Sidney Hayers, 1961), por citar sólo dos ejemplos más– ocupa un lugar destacado. Historia de brujería y venganza sobrenatural hasta cierto punto previsible pero brillante y efectiva, Witchcraft es un modélico horror film que da cuenta del buen hacer tras las cámaras del artesanal cineasta británico Don Sharp (nacido en 1922).

Pau Roig | Cuando acometió la realización de la película, Sharp no era ningún desconocido: pocos meses antes había firmado su primera incursión en el género en el marco incomparable de la Hammer, Kiss of the vampire (1963), uno de los filmes de terror vampírico más extraños y a la vez desconocidos de la compañía. Con guión del productor Anthony Hinds (escondido tras su seudónimo habitual, John Elder), la película contemplaba el vampirismo como una metáfora de la decadencia moral y social de las clases nobles y abundaba en detalles sugerentes y truculentos, desde la visualización de la secta vampírica dirigida por el misterioso Dr. Ravna (imponente presencia de Noel Willman), con todos sus miembros vestidos con largas e impolutas túnicas blancas, hasta el proceso de vampirización de la esposa del insípido protagonista (interpretada por Jennifer Daniel), pasando por la enloquecida –y decisiva– intervención de un profesor experto en ocultismo (Clifford Evans). Sharp firmaría dos películas más para la compañía, el filme de aventuras The devil-ship pirates (1964) y el drama histórico Rasputín (Rasputin, the mad monk, 1966), ambos protagonizados por Christopher Lee; de manera paralela, verían la luz dos de sus mejores realizaciones, El regreso de Fu Manchu (The face of Fu Manchu, 1965) y Las novias de Fu Manchu (The brides of Fu Manchu, 1966), primeras entregas de una serie de interés decreciente sobre el maquiavélico personaje creado por Sax Rohmer, de nuevo con Lee de (insustituible) protagonista. El cineasta tendría tiempo entre ambos títulos de firmar La maldición de la mosca (Curse of the fly, 1965), tercera, última y peor entrega de la serie iniciada por Kurt Neumann en 1958 a partir del relato homónimo de George Langelaan. Pasada la gran efervescencia que vivió el cine británico de género durante los años sesenta, el interés de las posteriores realizaciones de Sharp –y la de muchos otros cineastas, como John Gilling, Roy Ward Baker o Freddie Francis– decrecería rápidamente: así lo atestiguan sus últimas incursiones en el terror, La escalera de la locura (Dark places) y Psychomania, de 1973, y Cavernas fantasmas (What waits below, 1984).

Witchcraft, una de las realizaciones más oscuras y paradójicamente más interesantes de su dilatada carrera, surge bajo los auspicios del productor Robert L. Lippert (1) como una curiosa y más o menos disimulada explotación comercial de La máscara del demonio (La maschera del demonio, Mario Bava, 1960): la trama es parecida y aunque el realizador inglés estaba muy lejos de la maestría y de la portentosa imaginación visual del genio italiano, se observa un esfuerzo considerable por dotar el conjunto de una atmósfera irreal y fantasmagórica que entronca también con la de los citados filmes de John Llewellyn Moxey y Sidney Hayers. Mucho más que en la mayoría de producciones de la Hammer o de la Amicus –quizá con la excepción de la fallida Las brujas (The witches, Cyril Frankel, 1966), y en clara prefiguración de la obra maestra El hombre de mimbre (The wicker man, Robin Hardy, 1973)–, se observa en esta tríada de títulos rodados en riguroso blanco y negro una introspección siniestra en los horrores de una Gran Bretaña rural y oscura, preñada de misterios relacionados con la práctica de rituales ancestrales (no necesariamente diabólicos). El plano que abre el filme, en este sentido, es ya toda una declaración de principios: a la imagen de una carretera repleta de coches y camiones atrapados en el tráfico cotidiano sigue una delicada panorámica hacia la derecha del encuadre que nos sumerge en un cementerio que parece atrapado en un pasado ominoso pero que es real.

Abundan a lo largo del filme detalles estéticos similares, tan sencillos como contundentes, destinados tanto a introducir sutilmente la narración en los terrenos de lo sobrenatural como a acentuar la dualidad que guía y sustenta el desarrollo de la trama a distintos niveles: modernidad y tradición, Bien y Mal, Luz y Oscuridad son algunas de las contraposiciones que subyacen en el enfrentamiento entre dos poderosas familias, los Whitlock y los Lanier. Los primeros, practicantes de una antiquísima religión (en ningún momento se habla de satanismo), fueron expulsados de sus tierras en el siglo XVII por los segundos, procedentes de Normandía: diáfana representación del rápido ascenso de la burguesía en Occidente a partir de la Revolución Industrial, los Lanier persiguieron las prácticas arcanas de los habitantes de la zona hasta conseguir que Vanessa Whitlock fuera condenada por bruja: no murió quemada sino enterrada viva, y su lápida ocupa un lugar destacado en el antiguo cementerio abandonado de la comunidad sobre el que ahora Bill Lanier (Jack Hedley, nacido en 1930) planea construir una urbanización con la ayuda de un empresario sin escrúpulos (Barry Linehan, 1925–1996). Tras las destructivas acometidas de una máquina excavadora, las tumbas de los Whitlock no tardarán en ser removidas, hecho que propiciará el regreso de Vanessa desde el más allá para consumar su venganza contra los descendientes de sus verdugos.

La primera aparición de la bruja es filmada con Sharp con una concisión admirable, sin florituras ni efectismos de ninguna clase, mediante una lenta pero concisa panorámica desde los restos de la lápida de piedra de su tumba hasta un plano de sus ojos negros y profundos, fríos e inquietantes, pasando antes por la larga túnica gris que cubre su cuerpo. Prescindiendo por completo de efectos especiales y de maquillaje, las irrupciones de Vanessa Whitlock en la gran pantalla tienen lugar por corte directo de montaje, sin encadenados ni fundidos, un recurso tan simple como sugerente que va precedido, por lo general, por un sutil movimiento de cámara, ya sea travelling o panorámica que nos avisa de la irrupción del Mal, así en mayúsculas, en nuestra realidad cotidiana. Detalles notables de planificación y puesta en escena se suceden a lo largo de los escasos ochenta minutos de metraje, con una muy sugerente utilización del fuera de campo y de los efectos sonoros en detrimento de la banda sonora; véase, en este sentido, la inquietante utilización del sonido tanto en la visita nocturna de Bill al cementerio arrasado, en el que podemos oír leves pero terribles gemidos procedentes del interior de la tumba de Vanessa, como en la escena en la que los miembros de la familia Lainer, reunidos en la sala de estar, rememoran la llegada de sus antepasados a Gran Bretaña, con un tenso silencio roto por el ulular del viento nocturno.

Sharp eleva el conjunto bastante por encima de las posibilidades del previsible libreto firmado por Harry Spalding (1913–2008), figura poco recurrente y no demasiado interesante del cine británico de la época: el guión de Witchcraft, hasta cierto punto mecánico y con ecos no demasiado lejanos de La noche del demonio (Night of the demon, Jacques Tourneur, 1957), resulta mucho más sólido en el retrato tanto del brillante pragmatismo de Bill Lanier –representante de una racionalidad moderna que no entiende de magia ni de rituales–, como de las relaciones entre los miembros de su familia y en su rivalidad con el patriarca de la familia Whitlock (el veterano y envejecido Lon Chaney, en un papel bastante secundario), que no en el desarrollo de una historia de venganza sobrenatural. El culto diabólico de trece miembros que realiza sus ceremonias en la siniestra cripta oculta bajo el antiguo mausoleo ahora propiedad de los Lanier, vestidos con largas túnicas negras que cubren sus rostros, no resulta determinante ni importante para el desarrollo de los acontecimientos e incluso en algún momento aislado parece un pretexto fácil para la creación de inquietud; por otro lado, y con la obvia excepción de Vanessa, el dibujo de los personajes femeninos resulta abiertamente misógino, limitándose sus papeles a la sumisión voluntaria o no a la figura masculina: la matriarca de los Lanier, Malvina (Marie Ney, 1895–1981), vive encerrada en su cuarto porque cree que es el único lugar en el que estará segura tras la muerte de su marido; Tracy (Jill Dixon, nacida en 1935), la abnegada y sufrida esposa de Bill, será rescatada in extremis por su marido de las garras de la secta, mientras que la última descendiente de los Whitlock, Amy (Diane Clare, nacida en 1938), sacrificará su vida para salvar la de su amante, Todd Lanier (David Weston), hermano de Bill. Demasiado pronto, la trama se centra en la sucesión de muertes terribles cometidas por Vanessa mediante unos conjuros con gratas reminiscencias de la magia vudú: el empresario Myles Forrester muere estrangulado en la bañera de su casa después de que Vanessa haya introducido un muñeco de trapo en un cuenco llena de agua; la tía de Bill, Helen Lanier (Viola Keats, 1911–1998), estrella su coche en un inmenso basurero después que Vanessa, materializada de repente en el asiento de atrás, la haya hipnotizado. La muerte de Helen constituye una de las mejores escenas del conjunto, que gana en tensión y contundencia por la alternancia entre los planos subjetivos de Helen, convencida de no ha abandonado la carretera y que sigue conduciendo hasta Londres, lejos de la influencia perversa de los Whitlock, y los planos objetivos que muestran la presencia física de Vanessa en el interior del vehículo.

Sin articular una sola palabra, sólo con las miradas y la inquietante frialdad de sus movimientos, Yvette Rees otorga a su personaje, trasunto de la Princesa Vajda interpretada por Barbara Steele en La máscara del demonio, una fascinante mezcla de amenaza y seducción que Sharp aprovecha a la perfección en no pocos momentos, como el asesinato finalmente frustrado de Malvina, a la que arroja por las escaleras de su mansión sin ni siquiera tocarla después de acercarse parsimoniosamente a ella con las manos levantadas (momento filmado en un oportuno contrapicado). Vanessa y Morgan Whitlock pretenden consumar su venganza con el sacrificio de Tracy la noche del 30 de abril (2), una ceremonia frustrada por la decisiva intervención de la última descendiente de la familia maldita y miembro de honor de la secta: Amy Whitlock lanzará sobre Vanessa un recipiente lleno de aceite hirviendo, incendiando el mausoleo de los Lanier. Ante el terror y la desesperación de Todd, testigo de toda la escena, la bruja se abalanzará en llamas hacia Amy en un abrazo fatal y que acabará por incendiar el inmenso caserón gótico que un día fue de los Whitlock y que tras su desaparición ya no será nunca de nadie más. La frase “Nació del mal, murió quemada”, pronunciada por Malvina mientras contempla impotente el fuego que arrasa la casa, resulta un epitafio perfecto para la estirpe maldita.

  • [1] Figura injustamente olvidada y a reivindicar, el norteamericano Robert L. Lippert (1909–1976) fue un productor independiente que a partir de la década de 1950 se especializó en baratas producciones de serie B, trabajando en pequeñas compañías como Lippert, Screen Guild Productions o Regal pero también subcontratado por otros estudios. Este hecho explica que su nombre no aparezca en los créditos de numerosos títulos en los que participó directamente, como El experimento del Dr. Quatermass (The Quatermass Xperiment, Val Guest, 1955) o La mosca (The fly, Kurt Neumann, 1958), posiblemente el éxito comercial más grande de su carrera. Otra producción suya del género de imprescindible visión es The last man on earth (Ubaldo Ragona y Sidney Salkow, 1964), adaptación de la novela 'Soy leyenda' de Richard Matheson con Vincent Price de protagonista.

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  • [2] Una fecha para nada irrelevante, ya que coincide con la Noche de Walpurgis, aunque en el filme se hace referencia a la celebración del Roodmas, uno de los cuatro grandes aquelarres anuales. En la tradición celta, la noche de Walpurgis señala la transición del invierno a la primavera, esto es, la festividad de Beltane en honor a Belenos, dios del fuego. Con la llegada del Cristianismo, la festividad empezó a relacionarse con la brujería y el demonio.

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    FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA

    Gran Bretaña, 1964. 80 minutos. B/N. Dirección: Don Sharp Producción: Robert L. Lippert y Jack Parsons, para Lippert Films Guión: Harry Spalding Fotografía: Arthur Lavis Música: Carlo Martelli Dirección artística: George Provis Montaje: Robert Winter Intérpretes: Lon Chaney Jr. (Morgan Whitlock), Jack Hedley (Bill Lanier), Jill Dixon (Tracy Lanier), David Weston (Todd Lanier), Diane Clare (Amy Whitlock), Yvette Rees (Vanessa Whitlock), Marie Ney (Malvina Lanier), Viola Keats (Helen Lanier).


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