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film malade

publicado el 14 de enero de 2010

Su Santidad la Calabaza y su madre, la Muerte

El fenómeno, a modo de reinterpretación, remake o precuela de los viejos splatters o clásicos instantáneos del horror norteamericano de la década de 1970 y 1980, es un hecho digno de análisis que, por otro lado, se convierte en dogma de agoreros y materia de apocalípticos pasquines que proclaman la falta de ideas en la industria, la crisis creativa y el mal momento del fantástico norteamericano. La misma cantinela de cada década incipiente. En un marco de normalidad, el remake tiene una función tan digna como cualquier otra propuesta. Realizadores como Marcus Nispel, Dennis Iliadis, Alexandre Aja o Rob Zombie han dado buena muestra de ello a través de un buen puñado de filmes que, entiendo, procuran un sano ejercicio de distanciamiento más o menos leal al original. La frescura que irradian algunas de las propuestas de estos directores son siempre de interés y posiblemente sea Rob Zombie uno de los nuevos talentos con más propensión a la radicalidad iconográfica, a la imaginería grotesca y la perseverancia de un modelo cinematográfico que alumbra cierto mesianismo atroz apenas esbozado en una sugestiva aglomeración de clichés.

Luis Rueda |
1. Zombie, jefe de pista. 
Rob Zombie no necesita una coartada para justificar el remake de un clásico del cine de horror, no necesita un comentario manido sobre la crisis de un modelo sociopolítico o el fin de ciclo tras el 11S. El músico, showman y realizador camina sobre lugares comunes del horror más árido, impertinente y provocativo porque, con toda seguridad, creció viendo Two Thousand Maniacs! (1964) de Herschell Gordon Lewis, The Phantom Creeps (1949) de Ford Beebe y el cine de Roger Corman, Jack Arnold o Larry Cohen. La mera idea de que este tejano se calce las botas y se proponga hacer un remake de La noche de Halloween (Halloween, 1978) de John Carpenter es tan natural que cualquier prejuicio resulta casi una impostura necia: el mismo planteamiento sería igual de consecuente si decidiera concedernos una nueva versión de Psicosis (Psycho, 1960) de Alfred Hitchcock, Lo novia del diablo (The Devil Rides Out, 1968) de Terence Fisher o, a saber, La semilla del Diablo (Rosemary´s Baby, 1968) de Roman Polanski.
 
La escuela del videoclip, la herramienta del show en directo y una dudosa biblia con apóstoles como Tod Browning, Ford Beebe, Dan Curtis, Tobe Hopper o Sam Peckinpah permiten al realizador tejano una concepción, una manera de entender el horror, que escapa a tópicos manidos y fluctúa entre lo superficial –su adscripción al Serie B y Z- y un chamanismo, o cierta química metafísica, que sabiamente disfraza de poética. Cabe advertir que su cine no es exactamente decadente en esencia, su posología es enérgica y de un vitalismo muy circense que no esconde su naturaleza bufa: la exaltación de la máscara. A diferencia de ciertos autores en los márgenes de la generación post-hippie que coquetearon con el cine satanista y cierto horror rural anidado en paisajes esencialmente gótico-sureños, realizadores como el Dennis Hopper con Easy Ryder o el Monte Hellman de Two lane-Blacktop, por citar dos ejemplos de roadmovies paradigmáticas, Rob Zombie no es tanto reflejo de una época -ni evoca ni critica ninguna década particular- como un artesano que busca la agitación desde una postmoderna condensación de retazos: su disidencia cultural es estética pero no por ello menos honesta.

Si bien su ópera prima La casa de los 1000 cadáveres (House of 1000 corpses, 2003) nos pareció una caleidoscópica revisión de La casa delos Horrores (Funhouse, 1981) de Tobe Hopper en clave bastarda pero, de igual modo, con estimables instantes de horror comedy, no nos fue excesivamente difícial vislunbrar la capacidad provocativa y las intermitencias de un genio desacomplejado en las entretelas del filme. Zombie aparece en la escena cinematográfica como en un tipo que se propuso reciclar 'el museo de figuras de su casa en la colina' substituyendo el campo de batalla de una partida de rol tumefacta por el rectángulo de la gran pantalla. Su filme, algo deslavazado y mal resuelto, sin embargo nos pareció meridianamente sugestivo y prometedor. Con Los Renegados del Diablo (The Devil´a Rejects, 2005), Zombie, por contra, dejó atónito a un espectador que esperaba cualquier cosa menos una roadmovie tan pesadillesca y lacerante, un filme con pespuntes de western crepuscular que hibridaba Perros de Paja (Staw Dogs, 1971), Los asesinos de la Luna de Miel (The Honeymonn Killers, 1970) de Leonard Castle, Malas Tierras (Badlands, 1973) de Terrence Malick e incluso Mamá Sangrienta (Bloody Mama, 1970)) de Roger Corman o La Banda de los Grissom (The Grisson Gang, 1971) de Robert Aldritch. Quizá de una manera inconsciente, puramente esquemática o intuitiva, esos referentes se concentran en el ADN del director de La Casa de los 1000 cadáveres y a medida que aumenta su obra se van sofisticando en pos de un metalenguaje extrañamente prematuro en un director de sus características.

Tras ese díptico de la familia Firefly encabezada por Ottis y Captain Spaulding, esa suerte de clan caníval que el realizador retrató invirtiendo los valores y convirtiéndoles en chiflados antihéroes, llegó la comprometida tarea de adaptar el clásico de John Carpenter. Sirva un extracto de la crítica realizada en su día por este humilde servidor para ponernos en antecedentes de este interesante filme que rápidamente cosechó críticas injustificadas y que resulta imprescindible para canalizar la estructura arriesgada y sorprendente de la posterior Hallowen II (2009).

“Definitivamente Zombie no reflexiona acerca de la amenaza a la American Way of Life tal y como se propuso el tandem Hill-Carpenter –recordemos al personaje interpretado por Jaime Lee Curtis pidiendo ayuda en un vecindario que vive de espaldas al horror-, a mi entender, el realizador tejano busca un discurso más esencial, de carácter arquetípico. Rob Zombie concentra los momentos más espeluznantes de Halloween: el origen en el rostro desencajado de niños, algo que nos da buena medida de lo atávico de su discurso, de sus verdaderas inquietudes como realizador.

El director de La casa de los 1.000 cadáveres no se maneja especialmente bien en un tipo de cine de horror en el que impera la metáfora sociopolítica, la crítica al sistema, su impronta es de una naturaleza metalingüística y, acaso, por ello nos habla del hombre del saco y de cómo esa idea del mal –evocada en la calabaza, en la máscara del payaso, o en la calavera de azúcar- penetra en el inconsciente de niños de diferente extracto social. Por el contrario esa doble lectura es bien reconocible en el filme. En algunos casos el Samhain es la propia familia, un buen ejemplo es el traumático origen del atormentado Michaels Myers.”

2. Laurie Myers
Halloween: el origen concentraba toda la información sobre Michael que pudieron aportar los dos primeros filmes de la saga y dejaba a las claras, que fuera de la detallista y sorprendente primera parte de la cinta, aquella que indagaba en la infancia del psicópata, poco más podía aportar el personaje a un nivel emocional. Myers es para Zombie una plaga, una maldición, un estigma que fluctúa entre los vivos y los muertos y ya ha contado sobre él todo lo que le interesaba revelar. De enorme eficacia en ese sentido es el retrato desestructurado de la familia Myers, la relación del niño con el Dr. Loomis y, en general, todo aquello que Rob Zombie aporta de nuevo en un filme que, por desgracia, acaba convertido en un embudo, obligado a concentrar los guiños al original en un tramo final solventado con eficacia pero sin la efervescencia habitual del realizador: en este caso el respeto al maestro es castrador. Quién lo diría ateniendo a la obra maestra de 1979, pero como veremos la materia que alimenta el cine de Zombie es opuesta a la que hace de Carpenter un visionario. El realizador tejano necesita calibrar sus historias en un vórtice de excesos, en una suerte de carnaval embriagador para inspirarse y extraer la materia de sus pesadillas, bien al contrario de un Carpenter que en su día tuvo la extraordinaria capacidad de sugestionarnos con escasos elementos y una linealidad férrea.

La materia de partida de Halloween II (2009) es el impacto de la leyenda Michael Myers en el cerebro maltrecho de su hermana Laurie Strode (Scout Taylor-Compton), motor del filme que permite desarrollar esa idea que tanto gusta al realizador de las familias malditas -a la manera del cine de Curtis Harrington [1]- y de la vuelta del hijo pródigo. El filme arranca con una portentosa y dilatada falsa secuencia en un hospital que, permítanme, está entre lo más contundente, certero y virtuoso que uno ha visto en unas cuantas décadas de cine de horror. Eso es todo lo que Rob Zombie nos va a mostrar de convencional, una pesadilla extraordinaria que resume todo lo que de 'tópico' o de necesario debe tener un filme de estas características; un sanguinario tour de force que corta el aliento y nos arrastra literalmente hasta encerrarnos en una garita desprotegida que bien podría resumir la ausencia de hogar y la desprotección de una Laurie al borde de la locura. La imagen de la chica, agónica, herida bajo la lluvia en busca de un refugio en un parking desolado, es de una eficacia emocional devastadora que el realizador cortocircuita mediante un montaje seco, visceral, profuso, como el brazo castigador del psicópata. Es un tramo sin subterfugios, de una rudeza que corta el aliento. Como detectarán los fans de la saga este prólogo concentra esencialmente los momentos más impactantes de Halloween II (1981) de Rick Rosenthal. Esta última entrega de Rob Zombie también toma algunos elementos prestados de Halloween 4: The Return of Michael Myers (1989), la correcta película de Dwight H. Little que daba continuidad a la saga tras el periplo de Halloween III: El día de la bruja (Halloween III: Season of the Witch, 1982) de Tommy Lee Wallace, una magnífica película-paréntesis que prescindía directamente de la figura de Michael Myers.

Si la hermana de Michael vive atrapada en las tinieblas del pasado, en el seno de la familia del sheriff (Brad Dourif) que la acogió como un padre tras la última incursión del psychokiller, el cínico Doctor Loomis (Malcom McDowell) utiliza la figura del asesino para generar réditos como mediático escritor: aquí el retrato del amarillismo es pusilánime y no deja pie con títere, Zombie sabe moverse perfectamente en ciertas parcelas de la crítica social sin resultar demagogo o esnob. Pero el curso del regreso de Myers a casa, en busca de un vínculo con Laurie, es algo más que un simple reguero de asesinatos, es un viaje iniciático compartido por ambos, un viaje que fluctúa entre la idea de la Santa Trinidad y una sacrosanta concepción del mal. Rob Zombie arriesga en su discurso de una manera que roza lo innecesario, pero es esa seña de identidad la que profiere al filme una autenticidad pasmosa. Imágenes oníricas, ensoñaciones con caballos blancos a pie de carretera, la Santa Cena protagonizada por grotescos personajes con calabazas por cabeza, una Sheri Moon redentora como una virgen de entrañas pecaminosas (la angelical y maternal Deborah Myers), continuos flashbacks de un joven Myers obsesionado con un caballo blanco... Toda una suerte de imaginería que a instantes evoca a El Bosco y que proyecta la capacidad de un director que roza lo artie sin salirse un milímetro del tapiz de la serie B. Por lo demás, y asumido que la partitura es tan excesiva como un riff del álbum 'Educated Horses', cabe preguntarse que intenta realmente explicarnos Rob Zombie con tal arrebato de surrealismo cinematográfico. En mi opinión, el realizador nos prepara para matar a un psicópata cuya alma era un enigma, una cuestión prohibida, y tal como ya realizara en Los renegados del Diablo, cierra su díptico humanizando al mismo demonio: un ángel caído que se esconde tras la máscara del Capitán Kirk y que anhela la extremaunción de su única y última víctima, Laurie Mayers.

Por contra, Laurie, es un cerebro destruido, un cadáver viviente abocado a un final trágico. La suerte de Laurie se convierte en el devenir del filme un deseo colectivo muy insano excelsamente 'plantado' por Zombie al inicio de su libreto. La idea del mal que nos propone Rob Zombie es tan desalentadora, nihilista y 'bella' -quién me diría que utilizaría esta palabra para describir su obra- como ese plano final en que Laurie es literalmente engullida por una habitación blanca que nos sugiere el regreso al vientre materno, la absoluta evasión del mundo de los vivos. 'La caída de la casa Usher' de Edgar Allan Poe nos hizo especular con la idea de que la hermana de Roderick Usher debería también perecer entre los cascotes de la vieja mansión y ese deseo oculto nos sobreviene de igual modo durante el visionado de este filme anómalo y profundamente gótico.


3.Viaje por el país del pecado y la culpa

El asesino enmascarado surge de la pesadilla ajena y toma forma en un paisaje árido y desolado, un territorio que emana una extraña mezcla de puritanismo y exceso, para ejercer de Simón del Desierto con un cuchillo de matarife en mano. Los fans del Myers más menos eclécticos y despiadados tendrán su dosis de violencia estremecedora en una serie de secuencias en las que Michael arremete contra los símbolos más antagónicos, desde inocentes copuladores a fortuitos cazadores de benado con hobbies dignos del Ku Kux Klan. Especialmente brillante resulta la secuencia en que Myers se introduce en burdel de carretera y cose a cuchillazos a un chulo de putas sureño para acto seguido deshacerse de su esclava sexual golpeándola con ahínco contra un espejo. Bajo los neones irreales da la sensación de que el matarife quisiera enviar el alma de la chica a otro lugar, golpeándole la cara una y otra vez contra el vidrio hasta dejarla completamente desfigurada. Nunca Zombie fue tan rudo a la hora de coregrafiar un asesinato, nada parece dejado al azar. Todos los encuentros de Myers parecen iluminados por un seísmo bíblico y la cámara, disciplinadamente voayeur, guarda un respeto secular.

Con los arcanos sobre la mesa, el realizador se dispone a sacrificar a la Bestia, al lobo que acorrala a Laurie, en un viejo caserón destartalado, pero antes de ajusticiar al pecado mismo, Rob Zombie se atreverá a arrebatarle la máscara y a humanizarlo ante los ojos de la muerte. No sorprende que en baterías de una luminosidad tumefacta, aparezca de nuevo el pequeño Myers (Chase Wright Vanek), su madre y el caballo blanco, una Santa Trinidad hecha a medida de un excomulgado capaz de arrastrar a los vivos hasta el mismísimo infierno.

El discurso del realizador tejano no puede ser más sobrio, contundente y esforzado. La idea de diseccionar en las entretelas de la mente del asesino, en el contexto puramente narrativo, tiene el enorme valor de no renunciar a sustratos estilísticos deudores de Deranger (Id., Jeff Gillem y Alan Ormsby, 1974) o Martin (Id., George A. Romero, 1977) . Rob Zombie sujeta la planificación del filme a unas urgencias estéticas saludables, pero igualmente frívolas y artificiales -algo paradigmático en el slasher más intrascendental- pero sin conceder ninguna tregua en la parcela metafórica. ¿Tiene Rob Zombie una fórmula mágica para elaborar un cine deslumbrante partiendo de una materia estética dudosa? Es difícil cuantificar qué de ético o de prosaico prevalecerá en sus obras venideras, pero, sin duda, esta manera de clausurar una saga que ha vivido de la inercia durante demasiados años es algo extraordinario. Esperemos que el diablo lleve al 'zombi blanco' a cuotas de riesgo tan estimulantes en años venideros y, si no es mucho pedir, que lo combine con el escenario y buenas piezas de metal rock.

  • [1]. Curtis Harrington (17 September 1926, Los Angeles, California /6 May 2007, Hollywood Hills, California). Filmografía escogida: Queen of Blood (1966), Whoever Slew Auntie Roo? (1971), What's the Matter with Helen? (1971), The Killing Kind (1973), Ruby (1977), Su mayor producción cinematográfica se dio en la década de 1970 y en ese periplo realizó algunos de sus mejores trabajos. Ya en la década de 1980 se dedicó exclusivamente a tareas de realizador en televisión en series populares como Hotel (2 episodes, 1983-1984), Dynasty (3 episodes, 1984-1985) o The Colbys (4 episodes, 1986-1987). Lo último que realizó fue el cortometraje de terror Usher (2002) sobre la obra de Edgar Allan Poe.

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