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publicado el 12 de febrero de 2006

Garabato

Marcos Vieytes | Podríamos ejercitar fácilmente la malicia y afirmar que una película cuyo punto de vista no deja nunca de ser el de un camarógrafo de televisión pocas posibilidades tiene de ser una gran película. Bromas al margen, es necesario admitir que Seres extraños (Marebito) es una película que no asusta (también es cierto que no se lo propone demasiado) y casi en ningún momento llena el ojo de belleza y sentido (a pesar de que esto sí lo pretenda). Aclarar que buena parte de la culpa cae sobre la elección de alternar, sin demasiada rigurosidad narrativa, entre el formato en 35 mm y el vídeo, nos da un indicio sobre la distancia, nunca resuelta felizmente, entre las pretensiones formales de la película y sus resultados.

La historia de Masuoka, camarógrafo que filma un suicidio en los subterraneos de Tokio, es la historia de una búsqueda. Masuoka quiere saber qué es lo que asustó tanto a ese hombre como para matarse del modo en que lo hizo y, al ver y rever la filmación del instante, descubre que la última mirada del suicida fue para él. Cámara de vídeo en mano (y voz en off que lastra la acción con explicaciones redundantes o ceremoniosas), va de nuevo al lugar del hecho, asume el punto de vista de la víctima y comienza el descenso a los infiernos, en pos de una metafísica del horror que explique lo inexplicable: la pulsión de muerte y el goce perverso que esta conlleva.

Pero aquí tenemos un problema: la obsesión de Masuoka por ver el verdadero rostro del miedo nace, como ya dijéramos, de una mirada que Shimizu primero escamotea, luego introduce artificialmente, y cuya explicación final sólo sirve para desacreditar el único punto de vista que tiene el espectador durante toda la película: el de su protagonista testigo. Voz y ojos cuyos discursos, una vez puestos en duda, son sustituidos por otro mucho más convencional que aquellos. Con todo, esos veinte minutos iniciales acompañando el crecimiento de la obsesión del camarógrafo, el descubrimiento de la mirada mortal del otro, y su hallazgo del sendero hacia otro mundo resultan ser lo más grato de la película.

La segunda de las tres etapas en que pudiéramos dividirla está constituida por el recorrido a través de un mundo subterráneo que toma de Lovecraft sólo cierta iconografía epidérmica: pasadizos de piedra, cuevas, colores, montañas de locura. En dicho universo habrá de toparse con F., criatura singular, blanca y desnuda que da paso a la tercer y última etapa: una relación paterno didáctica que invoca explícitamente a Kaspar Hauser y deviene, luego, en una especie de amour fou vampírico y gore poco original y bastante forzado, que reduce las pretensiones filosóficas del punto de partida a un mero caso clínico. Resolución que no deja, siquiera, la puerta abierta a la ambigüedad, debido a una puesta en escena que restringe de principio a fin su campo de acción a un solo punto de vista, en el que para colmo Shimizu descree.

Pero, además, hay otra cosa en esta película que chirría como esos versos en los que la rima se consigue al costo de forzar la verosimilitud con un vocablo lírico al uso, o como esas reproducciones de los grandes maestros que se venden con el nombre al pie de la lámina en letras grandes y visibles: las citas prestigiosas que, en lugar de funcionar como un tejido de influencias enriquecedoras, saltan a la vista como marcas de prestigio que no agregan nada. Como si sólo estuvieran allí para que el público las reconozca y sienta que son una garantía del status cultural de la película. Así sucede que Lovecraft y Kaspar Hauser (con sus ramificaciones literarias y cinematográficas de la mano de Wasserman y Herzog) aparecen nombrados en ella, pero no hay rastros de sus mundos ni vestigios de la intensidad mítica que en ellos se despliega. Quizás el ejemplo más ostensible de ese procedimiento estéril sea la elección que hace Shimizu de otorgarle a Shinya Tsukamoto el protagonismo de su película. Para un espectador más o menos iniciado su presencia remite directamente a Tetsuo, el hombre de hierro, película de culto (comentada en la sección Clásicos Modernos de esta misma revista) que aquel dirigiera y cuya original contundencia empalidecen aún más la liviana medianía de Marebito.


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