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film malade

publicado el 17 de abril de 2006

Robert Fuest y el cine satánico

Pau Roig | La carrera de Robert Fuest (Londres, 1927) es seguramente una de las más extrañas de la cinematografía británica de los años setenta. Pintor y dibujante de cierta reputación –llegó a exponer sus obras en galerías de prestigio en la época, como la London's Royal Academy–, su carrera audiovisual empezó en la televisión primero como guionista y después como director, dirigiendo diversos episodios de la serie de culto Los vengadores (The avengers). Después de dirigir un thriller no demasiado relevante, De repente la oscuridad (And soon the darkness, 1970), escrito y producido por Brian Clemens, alcanzó su máxima popularidad con uno de los títulos fundamentales del cine de terror producido en Gran Bretaña a principios de los setenta, El abominable Dr. Phibes (The abominable Dr. Phibes, 1972), que relanzó la carrera del genial Vincent Price y cuyo éxito motivaría el rodaje de una continuación inferior, El retorno del Dr. Phibes (Dr. Phibes rises again, 1972).

La lluvia del diablo bien puede ser considerado como uno de los títulos más ambiciosos de su filmografía: rodado íntegramente en los Estados Unidos y con un notable equipo técnico y artístico. Muchos nombres conocidos, muchas expectativas, en definitiva, que el filme se encarga de ir dilapidando casi de entrada.

Con posterioridad y hasta nuestros días, Fuest sólo dirigiría tres películas más: The final programme (1974), polémica adaptación de la novela homónima de Michael Moorcock centrado en el demencial proyecto científico que pretende crear un hermafrodita que contenga toda la sabiduría de la historia de la humanidad, La lluvia del diablo (The devil’s rain, 1975) y Afrodita, la diosa del amor (Aphrodite, 1982). La lluvia del diablo bien puede ser considerado como uno de los títulos más ambiciosos de su filmografía: rodado íntegramente en los Estados Unidos y con un notable equipo técnico y artístico (desde un extenso reparto del todo impensable en una producción de estas características –primer papel en la gran pantalla de John Travolta incluido– hasta el concurso del que en poco tiempo se convertiría en el montador preferido de Steven Spielberg, Michael Kahn, pasando por la participación, en tareas de supervisión técnica, del fundador de la Iglesia de Satán, Anton Szandor LaVey), el filme se adentra en el siempre resbaladizo tema del satanismo y las sectas diabólicas de manera harto desangelada. Muchos nombres conocidos, muchas expectativas, en definitiva, que el filme se encarga de ir dilapidando casi de entrada.

Totalmente alejado del humor negro típicamente británico de las dos entregas de las aventuras del Dr. Phibes, Fuest pone en imágenes el mediocre guión firmado por los desconocidos Gabe Essoe, James Ashton y Gerald Hopman con una frialdad y una distancia que en muchos momentos deviene falta de ganas. Más rebuscada que complicada, la trama centra su atención en las investigaciones que Tom Preston y su prometida realizan en una remota zona desértica de los Estados Unidos: la madre y el hermano de Tom han desaparecido sin dejar ni rastro y todo el misterio gira alrededor de las las actividades de un brujo diabólico quemado en la hoguera trescientos años atrás, Jonathan Corbis.

Las peripecias de los intrépidos protagonistas, sin embargo, tienen un interés casi nulo para el espectador, puesto que en un largo prólogo los hechos que investigan se muestran con todo lujo de detalles: los espectadores ya saben no sólo quién es el malo (un Ernest Borgnine totalmente inadecuado para el papel), sino que ven cumplido su máximo objetivo –recuperar un libro diabólico en el cual figuran, escritos con sangre, los nombres de las personas que han entregado su alma al Diablo, y que la família Preston le robó siglos atrás– antes de la media hora de metraje. De esta manera la intriga, y con ella la presunta atmosfera sobrenatural que debería respirar el conjunto, se diluye ya al principio mismo de la historia. Todo se reduce entonces al enfrentamiento entre Tom y el malvado brujo, una lucha aparentemente desigual resuelta, por cierto, de una manera harto chapucera y precipitada: la intervención del Dr. Richards, hasta el momento un personaje secundario sin ninguna relevancia para el desarrollo de la acción, pondrá fin a las atrocidades de Corbis por el simple hecho de romper la especie de vasija que contiene la “lluvia del diablo”, guardada en la cripta de la iglesia del pueblo y de la que no se cuenta tampoco mucho más.

Pese a la modélica utilización del formato scope por parte del director de fotografía Alex Phillips Jr., Fuest ni siquiera saca provecho de las impresionantes localizaciones donde transcurre la práctica totalidad de la acción, un pueblo abandonado en medio del desierto más propio de un western (quizá mejor un spaghetti-western) que de una película de terror, sitio escogido por el brujo para extender su reino de terror y oscuridad, y los más bien escasos detalles de calidad que atesora el filme (los muy sugerentes títulos de crédito, impresionados sobre imágenes de uno de los cuadros más fascinantes de El Bosco, El jardín de las delícias, la inquietante visualización de los siervos diabólicos de Corbis, cubiertos con largas túnicas negras y con capuchas que esconden su rostro, del cuál el brujo ha arrancado los ojos) no hacen sino poner de manifiesto las graves carencias del conjunto.


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