publicado el 21 de febrero de 2007

Lluís Rueda | Se hace difícil encontrar dentro del universo Marvel un personaje tan tosco, exagerado y estereotipado como El motorista fantasma, un antihéroe que oscila entre una estética metal de lo más torticera y una concepción pre-tunning más propia de los salvajes pseudo-punks de Mad Max: el guerrero de la carretera. Con un material tan poco jugoso, y en cierto modo tan anacrónico, Mark Steven Johnson, ha sabido confeccionar un cóctel tan desinhibido, tan deudor de la serie B y tan falto de pretensiones que acaba por resultar simpático.
El realizador de Daredevil (2003) se alía con un esforzado Nicolas Cage para dar coherencia a las andanzas de la mítica calavera flamígera conjugando una interesante fusión entre la tradición freak de los parques de atracciones y cierta metalingüística del horror cinematográfico donde demonios, vampiros, moteros y cowboys se aúnan en un batiburrillo improbable pero de indudable coherencia carpenteriana. Johnson aborda con buen criterio, y un prurito trash inexistente en la mediocre Daredevil, el pacto fáustico del motorista acróbata Jonnhy Blaze para salvar la vida de su padre y lo hace con voluntad de construir el personaje desde la adolescencia. En ese mundo de la farándula (de los feriantes, para ser precisos) en el que crece Blaze, el realizador encuentra un terreno inmejorable para sembrar las semillas de lo fantástico en armonía con un marco de lo más bizarre y barroco (un escenario de pretérita tradición cinematográfica que no se apuntaba desde tiempos de The Funhouse , 1981, de Tobe Hooper, con el paréntesis obligado de La casa de los 1000 cadáveres, 2003, de Rob Zombie).
El realizador de Daredevil se alía con un esforzado Nicolas Cage para dar coherencia a las andanzas de la mítica calavera flamígera conjugando una interesante fusión entre la tradición freak de los parques de atracciones y cierta metalingüística del horror cinematográfico donde demonios, vampiros, moteros y cowboys se aúnan en un batiburrillo improbable pero de indudable coherencia carpenteriana.
Ese arranque del filme, aunque inocuo y poco trascendental resulta iconográficamente grato y un interesante punto de partida. No está de más señalar que esta adaptación cinematográfica de El motorista fantasma conjuga el personaje creado en 1972 por Roy Thomas, Gary Fiedrich y Mike Ploog con el Ghost Rider del tebeo western aparecido en 1949 y la combinación se da por separado (aparecen dos jinetes) gracias a un prólogo que nos clarifica el origen de la leyenda en su vertiente Far West.

Tras la pertinente quincalla y un arbitrario espectáculo de fuego, vidrios rotos y motores enrabietados intuimos un esfuerzo por dar entidad al personaje de Johnny Blaze que, dicho sea de paso, naufraga en una actuación un tanto marciana de Nicholas Cage (su hálito de malditismo resulta patético) pero recupera el buen pulso en las escenas nocturnas, las de acción y gasolina que son las que realmente importan en un producto de entretenimiento de estas características. El filme contiene aciertos como la presencia de Peter Fonda (Easy Rider) dando porte a Mephistopheles y la de su hijo en la ficción, West Bentley, interpretando a un diablillo vampírico que viste con una elegancia digna de un new romantic. Resulta interesante, en una lectura estética, el enfrentamiento entre estos dos demonios tan antitéticos, uno menos sofisticado que un fan de Judas Priest y el otro todo un dandy del averno (indisimulado homenaje a Vampiros, 1998, de John Carpenter). La cinta se presta a cierta combinatoria monster mash (pues hallamos demonios de diverso pelaje) y en esa perspectiva se sitúa en la órbita de productos tan ditirámbicos como Underworld (2003), de Len Wiseman, Van Helsing (2004), de Stephen Sommers, o Resident Evil: Apocalipsis (2004), de Alexander Witt, aunque a diferencia de estas banalizaciones del fantastique de bajo presupuesto, Ghost Rider, obedece a una coherencia estricta con el cómic original que procura que las estridencias sean, como poco, pertinentes.
Mark Steven Johnson ha dibujado un entretenimiento fílmico muy respetuoso en espíritu con los books originales y no ha cometido los errores estilísticos de Daredevil (una versión bastarda de Matrix con aroma a los seriales de Zatoichi). La mecánica de la cinta se reduce a un estereotipo muy esencial en el que Eva Mendes pone las curvas y Cage su rebeldía de cartón piedra, todo lo demás es tan elemental como el customizaje de una Harley.
El relizador sabe conjugar con acierto la aparatosa presencia del motorista en la gran urbe con su recorrido por un mundo mitológico y crepuscular: el de los pantanos nocturnos y ese pueblo fantasma de nombre San Venganza que se diría armado con footage de un spaghetti western. Es en este tramo último del filme donde acaso luce más interesante este ruidoso espectáculo para “fans a ultranza de la tachuela”, ya que en él encaja de una manera menos estridente este jinete metalizado que por momentos puede recordarnos al decapitado de Sleepy Hollow. El filme, como no podía ser de otro modo en los tiempos que corren, abusa en exceso de efectos de cámara gratuitos aunque es bueno señalar que impera el orden en el montaje y el enfrentamientos entre los villanos (pues todos, como en el wrestling impostan maldades) no desborda por su abuso del plano detalle: acaso porque el motorista luce más creíble desde los planos americanos. Con todo, el trabajo de FX es digno y en ocasiones el largometraje hace gala de un feísmo y cierta intención circense que maquilla con destreza otras carencias.
Ghost Rider es un ejercicio retro, desacomplejado; la adaptación de un cómic que ya no interesa a nadie salvo a Nicholas Cage (auténtico fan) y a un grupo de cuarentones fieles al steel power. Por ello, Johnson ha dibujado un entretenimiento fílmico muy respetuoso en espíritu con los books originales y no ha cometido los errores estilísticos de Daredevil (una versión bastarda de Matrix con aroma a los seriales de Zatoichi) . La mecánica de la cinta se reduce a un estereotipo muy esencial en el que Eva Mendes pone las curvas y Cage su rebeldía de cartón piedra, todo lo demás es tan elemental como el customizaje de una Harley.