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publicado el 30 de octubre de 2013

Marta Torres | Carlos Benítez, escritor y coleccionista cinematográfico

“No doy más valor a un programa de cine porque sea caro. Todos me gustan, aunque sean sencillos, todos reflejan esa época y todos me transportan a esos cines”

Es la mitad del blog Proyecto Naschy (la otra mitad es su compañera Montse Rovira). Ha colaborado en libros dedicados al cine fantástico -Juan Piquer Simón, mago de la serie B (Fantcast) y Juan Piquer Simón, un titán en el confín de la tierra (Caltiki Ed.), entre otros - y en documentales del mismo género. Ahora edita un libro dedicado a su gran pasión, los carteles, posters y programas de mano de cine que ha coleccionado durante treinta años de la mano de Philip J. Riley, un clásico del coleccionismo de cine en Estados Unidos. Por cierto, el libro se llama "Spanish Posters & Art from Classic Monster Films".


¿Cómo es que se ha editado en Estados Unidos? ¿Conocías a Riley?

Se ha editado en Estados Unidos porque aquí era prácticamente imposible. Hice una pequeña maqueta y lo intenté con alguna editorial pero ante el desinterés tampoco insistí mucho, bueno, nada, ya que me dieron el silencio por respuesta. Así que cuando contacté casualmente mediante las redes sociales con mi admirado Philip J. Riley, con el que compartimos nuestra pasión por Chaney Sr. y los clásicos de Universal, entre otras cosas, comenzamos a hablar. Este señor ha sido archivista de la Ackermansion y es el responsable de haber localizado en el guardarropía de la Metro el sombrero de copa que lució Lon Chaney en London After Midnight. También le encanta investigar películas perdidas del cine mudo y rescatar guiones originales de films de la Universal Total: ¡Es mi héroe! Así que cuando editó un libro de carteles de películas clásicas de terror y observé que era un poco más de lo mismo y los carteles, excepto pocas excepciones, estaban bastante vistos, le propuse, en ese inglés macarrónico que ha presidido todas nuestras conversaciones, difundir parte de mi colección y, queda mal decirlo pero, el hombre flipó al ver todo el material que le envié cronológicamente ordenado. Tanto que se lo comunicó al responsable de su editorial, Bear Manor y estuvieron de acuerdo en tirarlo adelante. No hace falta decir como me sentí cuando comenzamos a trabajar conjuntamente y Philip diseñó la portada igual que la de todos sus libros: un diseño personal que lleva desarrollando desde inicios de los ochenta.

¿Cuántos programas de mano has reunido? ¿Cuáles son las dolorosas excepciones?

Nunca los he contado, pero unos cuantos álbumes sí que tengo. Durante tantos años de coleccionismo he sido bastante selectivo y me centro en géneros y actores que me gustan. Sobre todo actores americanos, y por géneros únicamente el fantástico y de terror, en el que me he especializado y por el que he tenido que sacrificar en diversos cambios otros programas de mi colección ¡No se puede tener todo!

En cuanto a esas dolorosas excepciones que no se han editado o de las que directamente no se sabe su existencia, así a bote pronto pienso en piezas como Nosferatu, del que únicamente conozco uno editado de forma particular por un cine o La legión de los hombres sin alma, película que se estrenó pero de la que nunca se realizó programa. Tampoco se hizo, cambiando de género, programa de la primera película de los Marx, Los 4 cocos, ni de Bus Stop. De este último se decía que se quemaron todos en la imprenta.

¿Sentirás debilidad por alguno, no?

Siento debilidad por todos. Pero al llevar más de treinta años coleccionando ha habido ciertas anécdotas que a veces me hacen sentir como un “salvador” de alguno de estos folletos. Te cuento: como yo compraba, vendía y cambiaba programas cuando era adolescente en el barcelonés Mercat de Sant Antoni, una vez me vino una pareja interesada en un programa de El crimen perfecto que únicamente se repartió en el cine Fémina de Barcelona. Era un magnífico troquelado díptico a todo color que, al igual que la película, era en 3-D: al abrirlo se desplegaba la mano de Grace Kelly tumbada cogiendo el teléfono. Casualmente tenía dos ejemplares, así que me ofrecieron a cambio El Dr. Frankenstein, autor del monstruo, que así se llamó en España esta película. Eso sí, me dijeron que me lo traerían si podían extraerlo de la caja de cartón del video en la que… ¡¡¡Lo habían pegado con Imedio!!! Cuando la semana siguiente me trajeron el programa, vi que tenía ciertas heridas en el dorso, pero mínimas, así que el cambio fue consumado. Eso sí, a pesar de lo que les dije y casi les rogué, El crimen perfecto también sería pegado en la caja de la película de turno…

Adoro también cuando conseguí El gran Kong troquelado en 1980. En los Encantes, donde tenía un puesto de venta de antigüedades, entonces todavía con mi padre. Al puesto vino un señor muy, muy viejito que quería comprar unos cuantos programas españoles de los años treinta, y al parecerles caros me ofreció cambiarlos. Yo le pedí King Kong y… sonó la flauta. El hombre, sevillano de vacaciones en casa de su hija, lo envío a su yerno semanas después acompañado de una carta preciosa, escrita con una letra maravillosa a pluma que todavía conservo, en la que verificaba el cambio para que su yerno comprobara que yo le entregaba los que había pedido. Había conseguido una de las joyas de la corona de entonces… Y pienso que aunque este señor ya no está entre nosotros, su King-Kong ha sobrevivido y está inmortalizado en el libro.

Hagamos el triplete con Drácula. Aquí se estrenó la versión hispana de George Melford, así que de Lugosi, nada. Aún así es una de esas piezas difíciles. Afortunadamente conocí, también en Sant Antoni, a un coleccionista proveniente de la Catalunya profunda al que todos apodábamos “el pagés”, que guardaba su colección en un cofre, sin orden ni concierto. Tenía repetido ese Drácula y recuerdo que se lo cambié por un programa mudo protagonizado por Janet Gaynor y Charles Farrell, y cuando vino, en pleno verano, a traérmelo, abrió su camisa y lo extrajo de su peludo pecho. Cuando el programa se secó, lo metí en mi álbum y ese es el mismo que figura en el libro, ya sin el viril olor de su anterior propietario.

Y termino con otra de las piezas que adoro, Amanecer, de Murnau, cuyo programa conseguí en un lote que compramos en Reus. En esa misma caja estaba también el doble de Tarzán de los monos y nos la vendió un médico del manicomio que los domingos vendía antigüedades con la particularidad que siempre se llevaba como ayudantes a pacientes del centro... Aunque una cosa quiero aclarar: No doy más valor a un programa de cine porque sea caro. Todos me gustan, aunque sean sencillos, todos reflejan esa época y todos me transportan a esos cines, desde los lujosos salones a las modestas salas de programa doble.

El programa más extraño que recuerdes

La mayoría de los programas se han impreso en papel o cartón, pero también en pins u otros objetos. Hay troquelados que representan pistolas, dagas, hachas, máscaras, que tienen movimiento, pasatiempos, juegos … pero sin duda el que me dejó más traspuesto fue el de Una cana al aire, de Blake Edwards cuyo programa estaba metido dentro de una bolsita acompañado de un preservativo. Supongo que el que tengo estará caducado. Pero como curiosidad me encanta la tarjeta de La momia: representa un sarcófago vacío y cuando se mira al trasluz… ¡Se puede ver a Karloff dentro!

¿Recuerdas el primero? ¿Qué edad tenías? ¿Por qué decidiste quedártelo?

Mi padre se dedicaba a vender pequeñas antigüedades y piezas de colección y nos inculcó, tanto a mi hermano como a mí, el tema del coleccionismo. Primero sellos, monedas, billetes… y cuando nos cansábamos vendía la colección y tan anchos. Pero sobre los 12 o 13 años comencé con los programas porque me gustaba el cine (y sí, ya el de terror) y se podían comprar entonces por 2 pesetas o menos. Así que fui reuniendo unos poquitos, primero en una caja de puros. Mi padre, viendo que podían reportar dinero comenzó a comprar lotes y yo me quedaba los que me interesaban, vendiendo el resto. La cosa marchó bien y la compra, venta y cambio de programas se introdujo en nuestro puesto de Els Encants, en nuestras excursiones a Sant Antoni y en los mercados dominicales de Reus y Sabadell, que también frecuentábamos.

A mi padre le costaba soltar dinero por acompañarle y trabajar con él en los puestos de venta, pero apoyaba que coleccionara programas. Su forma de ver el coleccionismo era como una inversión de futuro. Además, no puedo quejarme de mi padre ya que fue el primero en llevarme al cine y hablarme de Bela Lugosi, Boris Karloff y Lon Chaney. Así que es de ley que el libro vaya dedicado a su memoria.


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