publicado el 15 de enero de 2026

Que el cine sobre zombis de un tiempo a esta parte ha escogido vías de distanciamiento, parodia y toda suerte de planteamientos desmitificadores es una realidad y, en cierto modo, una necesidad. Por ello una saga tan estimulante como la iniciada con 28 días después (28 Days Later, Danny Boyle. 2003) busca nuevos planteamientos y relecturas que relevan el Apocalipsis zombi a una suerte de marco insustancial desde el cual desarrollar dramas complejos, 'survivals' metafísicos e incluso mixturas de otros registros propios del cine de horror y suspense. Esto es incluso extrapolable a fenómenos televisivos como 'The Las of Us' (2023-...), un western crepuscular con infectados y fronterizas disputas. En 2025 el propio Boyle reactivó la saga británica retomando la dirección y contando con Alex Garland para el libreto. El resultado fue una más que correcta piedra angular que daría inicio a una trilogía bajo la denominación de 28 años después. El templo de los huesos es la segunda entrega del proyecto, que da continuidad a la creatividad y arrojo de Garland como guionista y cuenta con la siempre estimulante Nia Dacosta ('Candyman') en la realización.
Lluís Rueda | El filme, que da continuidad a algunos de los protagonistas de la primera parte, como es el caso de El Dr. Kelson (Ralph Fiennes) y el joven Spike (Alfie Williams), nos aboca a un territorio nada acomodaticio que baraja sin complejos una fusión interesante entre lo pavoroso, lo esperpéntico y lo religioso. Esta nueva entrega supera a su película predecesora y concentra algunos de los mejores instantes de horror visceral de los últimos años. Por un lado, tenemos al Dr. Kelson viviendo como una suerte de eremita, abocado a su ciencia y tratando de consumar un experimento con un musculoso zombi alfa o dominante; su territorio es el templo de los huesos al que alude el título, un dantesco memorial construido con la sólida materia anatómica. Y es que hay mucho de infernal y diabólico en este filme que procura construirse a partir de una dinámica en la que los rituales extremos se expanden como oraciones profundas y se prioriza un diálogo cinematográfico sincero con el Mal.
Todo ello nos lleva en volandas a una suerte de 'performance' descomunal y, en ocasiones, única. Para esto, Garland nos propone un nuevo mesías, un supuesto hijo de Lucifer de nombre Jimmy Crystal (Jack O'Connell) que concentra el rostro más apabullante y a la vez ridículo de un psicópata de baja estofa con ínfulas a lo Charles Manson o David Koresh. Jimmy y su grupo de Jimmys, acólitos que llevan peluca rubia en honor al cabecilla, perpetran asesinatos rituales allende una civilización extinta y tomada por la infección. La disposición de la maldad como característica inherente a la humanidad se sobredimensiona con el telón de fondo de un mundo devastado. Este grotesco y violentísimo grupo capitaneado por Crystal nos lleva en volandas a una suma de fechorías que tiene su punto álgido en una de las secuencias iniciales de tortura psicológica y física: la que sucede en una granja. En este fragmento del filme se despliega la más eficaz gestión de suspense y horror que uno haya visto en años, y el mérito, claro está, es de la directora Nia DaCosta. En dicho sumidero de violencia y sangre, se concentran ideas de La Matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, Tobe Hooper, 1974) --atención a esa mesa secuestrada por los comensales disfuncionales y perturbados--, a la par que se desarrolla una lección sin igual de violencia gestual. La naranja mecánica (A Clockwork Orange, Stanley Kubrick. 1971), también parece estar muy presente a lo largo de la película, como se nos muestra a través de las continuas reyertas entre esos 'dedos' (los escogidos) de Lucifer; en síntesis, el comportamiento desquiciado del rebaño aleccionado del anti-mesías rubio con diadema de princesa resulta toda una lección de torture cinema. Por cierto, Jack O'Connell en su papel de supremo satanista en chándal está tan sobresaliente que nos recuerda a una especie de versión lumpen del narcisita jefe de la secta del filme Mandy (Panos Cosmatos, 2018), pero virado a una suerte de reverso con caries y pocas luces (tampoco atesora la de Prometeo).
Estos agentes del mal, que han sumado a sus gestas homicidas al joven e inocente Spike, contra su voluntad, acabarán irremediablemente por descubrir el templo del Dr. Kelson, y el filme estallará en un festín de situaciones grotescas, especulaciones teológicas, peligrosas 'performances', diabólicos equívocos e incluso una espectacular misa negra a mayor gloria de la banda británica Iron Maiden. En suma, todo un disfrute de lo simbólico y arcano mediante un viaje psicodélico sin retorno que se amplifica gracias a la capacidad de su realizadora para construir un memorable e impecable shock rock.
Por otro lado, interesante también resulta la confrontación ceñidísima entre los opuestos ciencia y religión desde sus ópticas más extremas y enloquecidas, así como la minuciosa manera de dibujar el miedo y la redención en los ojos del gran Ralph Fiennes por parte de Nia DaCosta. A su favor, también juega la eficaz manera de dosificar la violencia 'gore' hasta ritualizarla como un subtexto para llevarnos en volandas a un capítulo mayor, catártico, en el que la brutalidad se desglosa en un festín de códigos y ceremonias. Un disfrute para aquellos que entendemos el cine sobre zombis como un marco sobre el que entretejer las contradicciones de nuestra naturaleza. 28 años después: El templo de los huesos es un filme notable, y su síntesis narrativa es tan precisa que parece la perfecta traslación al cine de un soberbio cómic de horror.