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publicado el 9 de octubre de 2025

El bateador abatido

A estas alturas de la carrera del director Darren Aronofsky (Black Swan, The Whale), no deberían sorprendernos demasiado sus contundentes cambios de registro, la propensión a la fusión de géneros y cierta impostura. Con todo, cabe señalar que la mecánica de sus filmes es siempre impecable y sabe dotar cualquier historia de una personalidad indiscutible.

Lluís Rueda | Más allá de que el peso de su carrera se sostiene por piezas altamente sofisticadas como La fuente de la vida (The Fountain, 2006), el realizador de Pi a menudo se ha visto seducido por estudios acerca de la idea del perdedor; una inalcanzable promesa de la redención e incluso una rica y siempre nostálgica mirada a finales del siglo XX en Estados Unidos, a menudo concebida a través de espacios mutantes que se escenifican en sus filmes a través de paseos vertiginosos por guetos y ratoneras. Pero esa exacta capacidad para retratar una época y un lugar, también nos enseña el ocaso que conlleva la obsesión por el triunfo y la deriva hacia la corrupción moral y espiritual. Así trazó estas constantes en la celebrada El luchador (The Wrestler, 2008), con un Mickey Rourke que se inmolaba anímicamente en pantalla y nos sacudía el alma, o en este nuevo juguete, preciso, de sofisticados resortes guionísticos, que es Bala perdida.

En su último filme, Aronofsky se adentra en el territorio del thriller criminal, pleno de equívocos y con un sentido del humor contundente, hasta desagradable para algunos corazones sensibles. No nos faltarían razones para asegurar que el realizador de Requiem por un sueño ha metido en la coctelera el cine de mafiosos de Guy Ritchie, la esencia muy survival de filmes como Jo, ¡qué Noche! (After Hours. Martin Scorsese, 1985) o incluso las impulsivas situaciones al estilo “buena persona en el lugar equivocado” que en los últimos años ha llevado a altos grados de sofistificación la pareja de realizadores, Josh y Bennie Safdie (Uncut Gems, 2019).

Para la ocasión, Bala perdida nos presenta a Hank Thompson (perfecto Austin Butler), un fenómeno del béisbol lesionado de por vida que mantiene una relación con una joven interpretada por Zoë Kravitz en un apartamento-ratonera. La aparición de toda suerte de mafiosos: ucranianos, puertorriqueños (ojo al papel de Bad Bunny) y judíos ortodoxos (divertidísimos aquí Liev Schreiber y Vincent D'Onofrio), a la sazón unos asesinos letales, más una agente de polícia ambigua en busca de un llave que pertenece a su vecino Russ, un divertido y polifacético Matt Smith en un rol de punk alocado, harán estallar en pedazos la para nada idílica vida de Hank. El filme funciona como un tour de force frenético y, fuera de algunos prescindibles flashbacks que retratan al protagonista antes del accidente que acabará con su carrera, todo funciona de maravilla en esta propuesta honesta, potente y imaginativa.

El Aronofsky más comercial nos regala un entretenimiento sin excesivas coartadas espirituales y regado de pura acción. Acierta, convence y además coloca un gatito encantador en el centro de su frenética historia. Una propuesta refrescante, pulp y sutilmente amoral. Me atrevo a decir que hasta Tarantino la vería con buenos ojos.


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