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clásicos modernos

publicado el 13 de noviembre de 2007

La adolescencia feroz

Icono fundamental del cine de terror moderno, la figura ensangrentada de Carrie es una de las imágenes más lúgubres y, a la vez, poéticas del cine de Brian de Palma. Filme sobre el dolor, la sangre, la humillación y el pecado, la impronta de 'Carrie' (1976) en las generaciones posteriores de cineastas es indudable y su categoría de obra de referencia, incuestionable. A este film inolvidable le dedicamos el Clásico Moderno de la quincena.

Juan Carlos Matilla | Según ha establecido la tradición crítica más ortodoxa, el nacimiento del cine de horror moderno se debió a tres filmes fundamentales y/o fundacionales que revolucionaron las formas visuales y temáticas características del género y, a la vez, abrieron nuevos caminos para el desarrollo posterior de la narrativa fantástica. Este honor lo comparten las magistrales La noche de los muertos vivientes (The Night of the Living Dead, 1968), de George A. Romero, La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974), de Tobe Hooper, y La noche de Halloween (Halloween, 1977), de John Carpenter. El filme de Romero, además de inaugurar el subgénero de zombis caníbales y putrefactos, otorgó al gore y al cine de serie Z la categoría de cine a respetar e introdujo un nuevo enfoque, de carácter sociopolítico, que amplió las posibilidades temáticas del cine de terror. Por su parte, la película de Hooper implantó el tono documental, las texturas agrestes, la violencia psicológica más descarnada y la rotundidad como únicas vías válidas de provocar el espanto en el auditorio. A partir de La matanza de Texas ya nada fue igual en el cine de horror mundial y su influencia se percibe hasta en las producciones más recientes (desde Km 666 hasta La casa de los 1000 cadáveres pasando por, claro está, el remake realizado el pasado año por Marcus Nispel). Por último, La noche de Halloween es la Biblia del slasher, el filme definitivo en el tratamiento abstracto de la maldad y, además, la obra que sentó las bases formales del posterior cine de horror: uso dramático y continuo de la cámara subjetiva como elemento amenazador, alargamiento hasta el límite del tempo del suspense, reencuadres y ángulos expresivos y enfáticos, y la adopción de escenarios cotidianos (zonas residenciales, calles apacibles, chalets acogedores) como espacios propicios para el sobresalto.

Como cualquier disciplina artística, el cine debe pasar por necesarios periodos de revisión histórica que reformulen las viejas consideraciones, las revisen y, finalmente, las actualicen

Como cualquier disciplina artística, el cine debe pasar por necesarios periodos de revisión histórica que reformulen las viejas consideraciones, las revisen y, finalmente, las actualicen. Con esto no quiero decir que estos tres filmes no sean pilares absolutos del cine de horror contemporáneo sino que el peso de la tradición que les ha otorgado esta condición debe estar siempre bajo sospecha por los especialistas actuales ya que no hay nada tan peligroso en la crítica cinematográfica que los lugares comunes y los criterios anquilosados. Lo que deseo apuntar en esta introducción es que el prestigio de estas obras ha perjudicado la recepción histórica de otros filmes de la época que, en mi opinión, también son títulos fundamentales en el desarrollo del cine de horror moderno. Obras como El exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, Tiburón (Jaws, 1975), de Steven Spielberg, o la que nos ocupa, deberían recibir el mismo tratamiento que los filmes de Romero, Hooper y Carpenter, porque todas ellas también han contribuido al desarrollo del horror film. Aunque este artículo no sea el lugar adecuado para reclamar el estatus de estos filmes, creo que sería conveniente introducir este análisis de Carrie con una reivindicación pormenorizada de su categoría de filme indispensable y definitivo.

Calificado por la mayoría de especialistas en De Palma como un filme menor en su filmografía debido a su carácter comercial (y me temo que también por su condición de adaptación cinematográfica de una novela de Stephen King), Carrie fue un filme importantísimo en su carrera debido a que fue el primer gran éxito de taquilla que disfrutó el creador de Vestida para matar

Calificado por la mayoría de especialistas en De Palma como un filme menor en su filmografía debido a su carácter comercial (y me temo que también por su condición de adaptación cinematográfica de una novela de Stephen King), Carrie fue un filme importantísimo en su carrera debido a que fue el primer gran éxito de taquilla que disfrutó el creador de Vestida para matar y este detalle es algo que, no nos engañemos, persiguen todos los directores del mundo, incluso los más alternativos y elitistas. Su excelente acogida le permitió gozar de un prestigio entre los productores de Hollywood que duró hasta la década de 1980 lo que le permitió posteriormente rodar con todas las facilidades algunas de sus obras maestras más recordadas como Vestida para matar (Dressed to Kill, 1980) Impacto (Blow Out, 1981) o El precio del poder (Scarface, 1983).

Carrie introdujo un ingente conjunto de elementos novedosos en el género de terror como, por citar sólo unos cuantos, el tema de los poderes psíquicos como mecanismo desencadenante del horror –motivo que fue muy imitado posteriormente como atestiguan obras como Scanners (1981) y La zona muerta (The Dead Zone, 1983), de David Cronenberg, Phenomena (1985), de Darío Argento, o La furia (The Fury, 1978), del mismo De Palma–; los finales abiertos con "susto" incluido (luego plagiados hasta el aburrimiento en una infinidad de películas, sobre todo en la saga de Viernes 13); la búsqueda de climas angustiosos en las high schools estadounidenses (que después retomarían directores como Todd Solondz o Gus Van Sant); el expresivo uso de la split screen (ya utilizada por De Palma en Sisters, 1973, pero con resultados menos satisfactorios); la introducción de elementos claramente naïf en un relato de puro terror (colores pastel, flous por doquier, melosos filtros de luz y scores edulcorados) y, sobre todo, la aparición de la disfuncionalidad adolescente como germen de la destrucción y el horror. Este último motivo es el tema seminal del filme, el que le otorga la categoría de obra única y, a la postre, el que ha sido más veces imitado, incluso en nuestros días, como demuestran obras tan carrienianas como Las vírgenes suicidas (The Virgin Suicides, 1999), de Sofia Coppola, Donnie Darko (2001), de Richard Kelly, o May (2002), de Lucky Mckee, todas ellas geniales aproximaciones a la angustia de la adolescencia y a los peligros generados por la represión y el aislamiento social.

Además Carrie supuso el lanzamiento al estrellato de Stephen King, un autor que marcó el devenir de la narrativa de terror además de convertirse en una auténtica mina de oro para las productoras estadounidense, sobre todo desde 1976 a 1985, periodo en el que es francamente difícil encontrar una mala adaptación cinematográfica de las novela de King: El misterio de Salem’s Lot (Salem’s Lot, 1979), de Tobe Hooper; El resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick; Christine (1983), de John Carpenter; Cujo (1983), de Lewis Teague, La zona muerta, de Cronenberg, o Miedo Azul (1985), de Daniel Attias.

El argumento de la película es de sobras conocido: Carrie White (inolvidable Sissy Spacek) es una adolescente tímida y poco agraciada cuya vida resulta un infierno a causa de las humillaciones que recibe de sus compañeros de instituto y de la educación represora de su madre Margaret, una fanática religiosa que se dedica a predicar el evangelio (personaje encarnado por Piper Laurie, una actriz que realizó una interpretación tan mayúscula que debería pasar a la historia del cine sólo por esta película). Tras tener su primera menstruación, Carrie comienza a darse cuenta de que posee poderes telequinésicos. Invitada al baile de graduación por un apuesto joven, la joven no sospecha qué es lo que le espera en el gimnasio donde se realizará la fiesta. Muy pronto, sus poderes le permitirán vengarse como es debido de sus enemigos.

Carrie contó con la magnífica dirección artística de Jack Fisk, responsable de algunos de los hallazgos más memorables de la película como la inolvidable casa de la familia White, inquietante debido a sus formas asimétricas, el cuarto oscuro donde Carrie expía sus pecados ante la figura de un San Sebastián de ojos encendidos y mueca agónica, o la bella secuencia que sigue a la matanza en el gimnasio, en la que Fisk llenó de velas incandescentes la casa de los White como si fuera un falso templo donde se va a realizar un presunto rito de purificación, aunque, en realidad, será de destrucción. Además hay que destacar el score de Pino Donaggio, un músico que empezó en el pop y la canción ligera (allí está la inolvidable canción You Don't Have to Say You Love Me, que popularizó Dusty Spingfield) pero que consiguió sus mejores composiciones en sus colaboraciones con De Palma (que continuaron en Home Movies, Vestida para matar, Impacto, Doble Cuerpo y En nombre de Caín). Melancólica, emotiva y llena de lirismo, la banda sonora de Carrie, 100% hermaniana, funciona como un subrayado de la tristeza inherente a las imágenes de la película y además, suaviza el tono excesivo y operístico de algunos de sus momentos más dramáticos (sobre todo los que reflejan la angustiosa relación entre madre e hija).

Glosar la extraordinaria labor de puesta en escena de De Palma nos llevaría horas debido al alarde formal que demuestra el director en esta película. Salvo la horrible secuencia de la tienda de alquiler de esmóquines (en la que el director no estuvo muy inspirado al introducir un feo efecto de cámara rápida), todo el entramado formal de Carrie está lleno de momentos antológicos: la secuencia del vestuario de chicas (con ese travelling maravilloso al ralentí, los vapores de las duchas, los desnudos de las jóvenes, el clima húmedo y sexual que sirve cómo prólogo a uno de los momentos más violentos de toda la filmografía depalmiana: la violenta irrupción de la menstruación de Carrie), los inquietantes picados que muestran a Carrie aterrorizada ante la figura del San Sebastián; el pavoroso juego de plano/contraplano entre la joven y su madre durante la cena; el portentoso travelling circular de Carrie y su acompañante durante el baile, la set piece antológica que precede al derramamiento del cubo lleno de sangre (donde el director juega a placer con el punto de vista y la manipulación del tiempo); la imagen de Carrie ante el espejo que se deforma y después estalla; los quejidos lujuriosos de Margaret mientras es acuchillada (mediante un espléndido trabajo de montaje) y el inolvidable plano final de la mano de Carrie surgiendo desde la profundidades del infierno, son sólo algunos de los detalles que hacen de este filme uno de los ejercicios de estilo más impactantes del cine de De Palma. Volver a Carrie casi treinta años después de su filmación sigue siendo una garantía para cualquier espectador ávido de experiencias únicas e historias llenas de amargura e inteligencia.


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